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Algo se mueve en Ucrania

Moscú debe hacer ahora pedagogía con sus amigos del sureste de Ucrania
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Graves enfrentamientos tuvieron lugar los dos últimos días en Kiev ante el Parlamento, que debatía un proyecto de ley de descentralización que será el marco legal en el que ubicar cuando toque un status de cierta autonomía para las áreas rebeldes del Donbass (Donetsk y Luhansk). Tres policías murieron y bastantes más resultaron heridos a manos de violentos manifestantes armados de un partido ultranacionalista y de extrema derecha coloquialmente llamado Svoboda (Libertad).

La condición muy minoritaria del partido, neonazi de hecho en tanto que heredero de Stepan Bandera y su movimiento, atenúa la relevancia del grave hecho en su dimensión política, pero traduce muy bien la considerable hostilidad social que suscita el eventual cambio y, por tanto, el mérito del presidente Poroshenko al aceptarlo. Pero es la pieza clave de los Acuerdos de Minsk-2 que en febrero pasado alcanzaron lo europeos con Moscú, defensor de los insurgentes. El escenario creado entonces que ha dado, entre otros frutos, largos periodos de alto el fuego, ha sido un alivio si se recuerda que la rebelión ya ha costado más de seis mil muertos.

A día de hoy, sin que esté formalmente claro por qué, hay algo en el ambiente que trabaja por el desenlace pacífico. Un dato de este nuevo ambiente es la discreción oficial rusa, con gestos pequeños (como un tono moderado en el Kremlin cuando se evoca el conflicto) y lo que fue, sin duda, una luz verde para la importante reunión celebrada hace solo 23 días en Berlín por el presidente Poroshenko, la canciller Angela Merkel y el presidente francés, François Hollande.

El dúo germano-francés, por mucho que la eventual salida a la crisis en Ucrania sea cosa de la OSCE (es decir, de Europa entera) y tenga detrás la larga sombra de Washington, es la clave del asunto desde este lado y, desde el otro, lo es Moscú, protector de la rebelión armada, política y social que en Donetsk y Luhansk, las entidades rusófonas y rusófilas separadas de facto han proclamado ‘repúblicas’ de hecho. Claramente, Moscú ha optado por un perfil bajo y desea una solución a partir de los parámetros de Minsk-2 porque un arreglo comportaría dos hechos relevantes: el fin de las sanciones y, de hecho, un poco más de olvido de Crimen, la península anexionada por la Federación rusa y que, por mucho que el discurso oficial sea otro, será difícil que vuelva al regazo ucraniano.

Moscú debe hacer ahora pedagogía con sus amigos del sureste de Ucrania y Kiev conformarse con una solución de perfume autonomista que le garantice en cualquier caso su inequívoca soberanía sobre el Donbass. Falta decir que Washington también favorece este desenlace, el único realista e imaginable. El Parlamento ucraniano, protegido por la policía de los ultra-nacionalistas, tiene la palabra. como debe ser.

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