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Opinion EDITORIAL

Amores y odios a la Constitución

En su día la Carta Magna congregó el ideal democrático. Ahora asume el descontento por la necesidad de cambio

Diari de Tarragona

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Los Reyes aplauden durante la celebración del aniversario de la Constitución. EFE

Los Reyes aplauden durante la celebración del aniversario de la Constitución. EFE

La Constitución del 78 fue aprobada en referéndum por los españoles con una abrumador mayoría. La comunidad que más efusivamente dio su apoyo a la Carta Magna fue Catalunya y con ella la demarcación de Tarragona, donde el recuento arrojó un 91,7% de votos positivos, un porcentaje propio de comicios búlgaros. Además, nuestra circunscripción fue la novena de todo el Estado con más ‘síes’ al texto constitucional. Cuarenta años después, aquella desmedida euforia contrasta con la frialdad que ahora suscita la Carta Magna si nos atenemos a la última encuesta del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), el equivalente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) estatal. Según el CEO, sólo el 11,18% de los tarraconenses daría ahora el ‘sí’ a la Constitución. El parangón es sumamente retorcido y si sumamos la mala racha que últimamente jalona las encuestas de nuestros institutos públicos de opinión, deduciremos que no procede hacer demasiado caso de tantas cifras demoscópicas. Sin embargo, no podemos negar que estas cifras describen una tendencia de descontento en la ciudadanía que se ha proyectado en la Constitución. En 1978, España vivía bajo la ilusión de superar la dictadura. En Catalunya, más concretamente, se había añadido el objetivo de recuperar el autogobierno personificado en la figura de Tarradellas, último president en el exilio. Todas las complicadas negociaciones políticas que hicieron posibles aquellos sueños se materializaron en el texto constitucional. No cabía otra respuesta que una masivo ‘sí’. Cuarenta años después, atravesamos otra etapa convulsa de nuestra historia. El descontento social por la crisis económica ha dado alas a los movimientos radicales de todo tipo, entre ellos el Procés, azuzado por una inoperante respuesta política por los partidos gobernantes en Madrid. Es lógico que el descontento catalán se focalice en la Constitución si sobre ella se pregunta. Sin embargo, la Carta Magna es solo el destilado en papel de un gran pacto social y económico que necesita renovarse a todas luces.

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