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Ampliar los derechos humanos

Necesitamos una antropología que tenga como base la fe y la esperanza
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En unas pocas semanas, el actual Papa Francisco nos ha dado ya bastantes muestras de su visión de la época que en la que le ha tocado desarrollar su elevada función de guía de una parte importante de la humanidad; que es aquella que basa su esperanza en el nacimiento de Jesús, que conmemoramos en estas fechas de las Navidades, así como en su posterior Resurrección, después de una vida sencilla y llena de enseñanzas para todos.

Hace apenas algunas semanas, en su discurso ante el Parlamento Europeo, recordaba el Papa Francisco la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea en la confianza en el hombre, como persona dotada de una dignidad trascendente. Y decía que la promoción de los derechos humanos es una de las funciones esenciales del compromiso de Europa.

Más recientemente, hemos conocido que el Vaticano ha tenido un importante papel en la negociación de los acuerdos iniciales entre Cuba y los Estados Unidos de América, relativos a recuperar la relación como países cercanos en su geografía e historia; después de superar la difícil etapa de los últimos cincuenta años de conflictos políticos y económicos.

Por encima de todas las cuestiones complejas que quedaran por desarrollar en los próximos años, está claro que la base esencial de los acuerdos no podrá ser otra que la del desarrollo de los derechos humanos en aquella zona del mundo, así como en su ámbito hispano-americano de influencia.

Queda como evidente y notoria la importancia que el Vaticano ha tenido en los últimos treinta años, en cuanto a la ampliación de los derechos humanos en todo el mundo. Bastaría con recordar las actividades de la Iglesia Católica en la Polonia de los años 70 y 80 del pasado siglo XX, que terminaron con la caída del muro de Berlín, como símbolo de los diversos muros existentes entre el Oriente de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el Occidente de la Europa del mercado común. Por último, hace escasos días hemos conocido que el Papa Francisco, en su discurso ante obispos de la Iglesia Católica, les ha recordado la ejemplaridad de su misión apostólica y la necesidad de mostrar y demostrar su espiritualidad ante los fieles del orbe cristiano, superando aquellos vicios del mundo terrenal que atenazan la verdadera libertad de la persona humana, como ser que aspira y espera la trascendencia, al final del camino de su particular vida terrenal.

Y es que resulta muy difícil la defensa de los derechos humanos, en su integridad, la vida, el trabajo, la vivienda, las creencias religiosas, sus manifestaciones artísticas y otros esenciales, sin entender que la persona es un conjunto de cuerpo y espíritu que no sólo deben ir juntos, sino que separados no tienen entidad suficiente para un verdadero entendimiento de la vida y de la muerte. En resumen, una antropología que tenga como base la fe y la esperanza. Sin ella nos quedamos en la casualidad, el azar y el absurdo como horizontes de nuestro camino.

La elección y la responsabilidad es nuestra, personal e intransferible de cada uno.

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