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Bares (I)

Cuando uno no tiene algo, echa de menos eso. Estos días me he acordado de los bares, y he visto que la historia puede explicarse trasladán-dose de uno a otro lugar y bebiéndose, aunque sea metafóricamente, unas copas

MARTÍN GARRIDO MELERO

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MARTÍN GARRIDO MELERO

MARTÍN GARRIDO MELERO

Nos han cerrado los bares y restaurantes. ¿Las autoridades han supuesto que podían ser uno de los centros de contagios? Yo creo francamente que no y los restauradores que se quejan de ser unos chivos expiatorios tienen razón. Las autoridades los han cerrado, no porque sean especialmente peligrosos, sino porque no es posible combatir una epidemia que aumenta potencialmente sino nos la tomamos en serio; y la gente bebiendo tranquilamente en un bar sin mascarilla y muy cerca uno de los otros, quita todo dramatismo a esta situación. Nos los han cerrado para que entremos en razón.

En estos días muchos comentaristas, como Arzamendi en este mismo Diari, están advirtiendo del peligro que los políticos consideren que tienen manga ancha y empiecen a limitar nuestras libertades, no como una excepción sino como una norma general. Cerrar los bares supone una vuelta a las cavernas, impedirnos un encuentro con nuestros amigos, socios o parejas en «un lugar neutral», que nos obliga a sustituirlo por la clandestinidad más absoluta, que es precisamente donde se encuentra el mayor peligro de contagio.

Cuando uno no tiene algo, echa de menos eso. Estos días me he acordado de los bares, y he visto que la historia puede explicarse trasladándose de uno a otro lugar y bebiéndose, aunque sea metafóricamente, unas copas. Hagamos un recorrido, mi recorrido; cada uno tendrá el suyo, como cada uno tiene su propia vida, que ha de vivirla, muchas veces en soledad, como el cliente solitario que se limita a beber su consumación, y a ver y a oír a los otros, sin necesitar nada más.

1. Occidente/Oriente. Bar Hemingway. No sé cómo se las compuso el escritor americano para estar en todos los bares de este mundo, y alguno como éste le recuerdan con su nombre. Situado en el Pera Palas Hotel de Estambul, en el Barrio de Pera y cerca de la torre de Gálata. Es la otra alma de la ciudad, la occidental, tan distinta a la islámica, que intentan hacernos ver como única y exclusiva de este gran país. Hasta incluso tras la primera guerra mundial, en que se proclamó la ley en toda la ciudad, en el bar del Pera Palas se siguió bebiendo vino en tazas de café. Hoy realmente siempre está vacío, como si los tiempos fueran otros.

2. Conflicto. Bar del American Colony Hotel. Es pequeño, apenas una barra y unos asientos, pero resulta muy agradable. Dicen que todo te puede ocurrir en ese bar, que con seguridad los que sientan a tu alrededor se dedican al espionaje internacional y están simplemente relajándose de una dura jornada de trabajo, o a lo mejor haciendo horas extras. Curiosamente en el patio del hotel se encuentra una de las mejores librerías de historia palestina del país, aunque al librero de vez en cuando las autoridades israelitas le amenazan con no renovarle el visado. Extraño destino ser expulsado de tu propio país.

Las autoridades los han cerrado, no porque sean especialmente peligrosos, sino porque no es posible combatir una epidemia que aumenta potencialmente si no nos la tomamos en serio

3. Temporalidad. Cafetería exterior de Gum. Todo está ahí, La Plaza Roja, el Mausoleo de Lenin, el Museo Histórico del Estado, la Catedral de San Basilio, las murallas rojas del Kremlin. Construida a finales del siglo XIX, dentro de unas grandes galerías, ha visto durante esos años pasar de todo. Hoy sigue en pie, aunque los tiempos han vuelto a cambiar y la URSS soviética ha sido enterrada. Es preferible en mi opinión al cercano Metropol, en donde el personaje creado por Amor Towles (Un caballero en Moscú), un aristócrata zarista, es condenado a vivir toda su vida en su interior sin poder salir al exterior: al menos en Gum puedes ver el exterior y sentir que todo es pasajero.

4. Populismo. Bar del Hielo de Honinigsvag (Cabo Norte). Si quieren ver algo curioso es recomendable tomarse una copa en este bar en donde todo es de hielo. No pidan un combinado con hielo, sería demasiado. Muy cerca está el Cabo Norte, que dicen (falsamente) que es el lugar más septentrional de Europa continental. Una trampa para turistas deseosos de hacerse la fotografía de rigor. Mejor tomarse un filete de ballena en el Corner, que está como su nombre indica en la esquina.

5. Tolerancia. Café Fishawi (Café de los Espejos). Les confieso que a pesar de que he intentado llegar varias veces al famoso café que casi era la casa del escritor Mahfud nunca lo he encontrado, aunque es posible que tampoco lo haya buscado con sinceridad. Es lo que tiene El Cairo, que siempre hay un lugar en que parar y contemplar a los viandantes y no necesitas un concreto bar. El café de Qúshtumar es una obra poco conocida de este autor, en la que se narra el reencuentro de cuatro amigos que ya cumplidos los setenta se cuentan que ha sido de sus vidas tan diversas a lo largo de los años y qué ocurrió con sus ilusiones de cambiar las cosas. El editor resume el café y el encuentro: «es el lugar donde todos quisiéramos rescatar nuestras vidas con esa sonrisa serena que dan la edad y la experiencia. Un bellísimo himno a la amistad y a la tolerancia».

6. Invasión. Hard Yak Cafe. Si van allí es seguro que les sentara mal cualquier cosa que tomen. No se preocupen, no están enfermos, simplemente tienen el mal de altura. Alec Le Sueur, jefe de ventas de hotel, escribió sobre este sitio uno de los libros más divertidos: El mejor hotel del Himalaya o como sobrevivir cinco años en el Tibet. De Lasa, una de las ciudades más prohibidas durante siglos, sólo puede decirse hoy día que está llena de chinos, los tibetanos parecen unos meros invitados.

Pero en los bares también podemos encontrar otras voces: cosmopolitismo, falsa realidad, cinismo, exageración, o simplemente tópicos. Seguiremos.

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