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Catalunya, sigue el bloqueo

No debería ser imposible el entendimiento entre los constitucionalistas y los independentistas

ANTONIO PAPELL

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Es tremendamente triste constatar, a escasas horas de las elecciones del domingo, que los soberanistas, obstinados y radicalizados, van a reproducir milimétricamente lo que ya ha fracasado. De hecho, el pacto entre todos ellos para aislar al PSC, que en esta ocasión refleja el término constitucionalista del binomio catalán que ha llevado al Principado hasta la prosperidad de que disfrutaba antes de la irrupción alocada del independentismo rampante, ya permitía presagiar que se produciría una suicida insistencia en el error: si ya se ha visto que ERC y JxCat, los nacionalismos más potentes, uno de izquierdas y otro de derechas (corruptas, por cierto), son incompatibles entre sí, y que la CUP no ha a pactar jamás con JxCat, ¿adónde conduce el pacto excluyente que marginaba al PSC?

Si se aplica el sentido común a los resultados, que otorgan una relevante victoria al PSC y que han dejado en ridículo a la formación de Albert Rivera, parece claro que, ahora que se ha desvanecido el antinacionalismo primario –Ciudadanos– que obstaculizaba por el lado no soberanista cualquier transversalidad, la sociedad catalana insiste en la conveniencia de un pacto transversal para gestionar la evidente pluralidad catalana –con los matices que se quiera, la sociedad está fracturada en torno a un eje que separa al soberanismo del constitucionalismo–, en la que deberían de caber los dos hemisferios que configuran a partes prácticamente iguales la comunidad autónoma. La obstinada negativa a un pacto PSC-ERC, ambos socialdemócratas, cierra todas las puertas de un futuro razonable.

Por decirlo de otra forma, no debería ser imposible el entendimiento entre los constitucionalistas y los independentistas dispuestos a utilizar los cauces constitucionales para conseguir la independencia de Cataluña.

Dentro de la ley, son perfectamente posibles las alianzas de esta naturaleza. Una sociedad tan madura y adulta como la catalana no puede negarse a sí misma renunciando a una democracia que ella mismo ha creado, optando en cambio por fórmulas abruptas y primarias de ruptura.

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