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Chalados antivacunas

Las vacunas funcionan precisamente porque las usamos todos
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Los padres del niño de seis años de Olot con difteria decían ayer estar «destrozados y sentirse engañados» por los grupos antivacunas que les convencieron de no inmunizar a su hijo. Dicen sentirse muy culpables por no haber hecho las cosas bien. Normal, cuando tienes a tu hijo con una enfermedad muy grave que podría acabar con su vida.

El origen del movimiento antivacunas podemos rastrearlo hasta la década de los 90, que es cuando la desconfianza de grupos demócratas hacia los intereses de las farmacéuticas y el recelo de facciones republicanas hacia lo que entendían como una imposición del Estado generó un caldo de cultivo de teorías peregrinas. Estaban desde los que les daba pena clavarle una aguja a un niño, lo que consideraban un sufrimiento innecesario, estaban los que creían que las vacunas es el mecanismo por el que el Gobierno te inocula sus drogas de control mental, y estaban los que pensaban que con cada vacuna inútil se financiaba un trozo de vela del yate del ejecutivo de una gran corporación. Estaban, y siguen estando.

Todas estas teorías ‘conspiranoicas’ generaban un efecto acumular que hacía retrasar el calendario hasta finales del siglo XVIII, que es cuando Jenner inventa las vacunas. En 1772, el reverendo Massey ya predicaba contra ellas porque consideraba que privar a la voluntad divina de la posibilidad de castigarnos con una enfermedad era vanidoso, pecaminoso y castigaba con el infierno. Por suerte no se le hizo demasiado entonces, y la práctica de la vacunación ha salvado muchos millones de vidas.

Pero las vacunas funcionan precisamente porque las usamos todos, y si de repente un chalado se salta la cadena y decide escuchar una serie de teorías mágicas, más propias de una novela de misterio que de un siglo laico y científico como el nuestro, entonces esa cadena se rompe. Y aparece un caso de difteria, 32 años después de haber erradicado esa enfermedad en Catalunya. O 150 casos de sarampión en Estados Unidos, a pesar de que llevaba muchos años también contenido a una expresión casi inexistente.

Los expertos dicen que se trata de convencer, no de vencer, y que no hay por qué mandar a la Guardia Civil a casa de nadie a vacunarle el niño a la fuerza. La educación y la convivencia indican que cada uno es libre de creer en lo que le de la gana: en hombrecillos verdes del espacio, en el Abominable Hombre de las Nieves o en conspiraciones de control mental. Pero la libertad de cada cual termina donde empieza la de la siguiente persona, y si un chalado antivacunas decide no proteger a su hijo, lo que está haciendo es poner en riesgo al suyo y a los nuestros. Y cabe preguntarse si eso es legal, si es democrático y si no debe ponerse un coto inmediato a tamaña insensatez de los que creen saber más que siglos de evolución científica.

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