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Coaliciones: deseo y temor

En un futuro las coaliciones serán la fórmula recurrente para formar gobierno

Luis Álvarez de Vilallonga

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Tras el 20 de diciembre, es evidente que el panorama político ha cambiado, no exactamente en el número de partidos que configuraban la cámara (nunca menos de diez), la diferencia estriba en que ahora el peso específico de la representación parlamentaria en número de escaños afecta a cuatro formaciones: las dos que tradicionalmente conformaban el bipartidismo y las dos que se han incorporado al parlamento con una considerable proporción de escaños (Podemos 69, sumando sus “sucursales” y Ciudadanos 40). Así las cosas hemos sufrido hasta el aburrimiento la comedia diaria de posibles pactos para conformar básicamente dos coaliciones: la mal llamada progresista y la constitucionalista, pero como los números racionales no salían, cabía la posibilidad de que, en política, la irracionalidad se impusiese a todo razonamiento lógico y terminásemos por tener presidente, pero no ha sido así y ahora la amenaza de unas probables nuevas elecciones es la opción más barajada.

Ciertamente el descontento del pueblo por los recortes, reformas y ajustes ocasionados por la crisis, y la incorporación al sufragio de una nueva generación de jóvenes, ha abierto un nuevo horizonte político y un cambio en el sistema de partidos que para conformar una mayoría estable habrá que normalizar lo que en Europa es habitual: gobiernos de coalición.

Para muchos esta idea es rechazada sistemáticamente, porque eso obliga a pactar a formaciones de distinta ideología y, (salvo la formación de Podemos y sus adláteres que ya no engañan a nadie y su objetivo velado es llevarnos a la doctrina de un bolchevismo revolucionario adaptado al siglo XXI ), la alianza de otros partidos al margen de su ideario es algo a lo que deberemos acostumbrarnos, es el deseo de buena parte de los votantes. Parece que exista cierto temor a poner el gobierno en manos de una coalición que no sea de color monográfico, pero la práctica nos está demostrando que ninguna coalición posible suma los escaños necesarios para la investidura de un presidente. Por una parte el empecinamiento de Sánchez a negarse a negociar con Rajoy y por otra la negativa de éste a concederle la investidura con su abstención imposibilito el nombramiento de presidente. En el fondo no cabe duda que se trata de una cuestión personal entre dos políticos que no están dispuestos a ceder en sus posturas. Flaco favor al porvenir del país que urge normalizar una situación a todas luces inestable y débil para afrontar la definitiva salida de la crisis.

Parece que en un futuro las coaliciones serán la formula inevitable y recurrente para formar gobiernos que fuercen acuerdos en políticas sociales, que mitiguen los efectos negativos de los recortes, y arbitren medidas compensatorias sostenibles que precisen llevar a cabo partidos coaligados, ya sean socialdemócratas, de izquierdas, democristianos o liberales que obliguen a políticas consensuadas sin la polarización de gobiernos monocolor que conducen a la derogación y cambio de leyes en cada legislatura; así gobiernos de mayoría configurados por más de un partido, pueden alcanzar mayor estabilidad que los de minorías, por eso es importante que los apoyos en la investidura implique el reparto de carteras en el ejecutivo.

Un ejecutivo en coalición permite mayor control y en consecuencia mayor transparencia ante la corrupción, mayor corresponsabilidad en las distintas áreas de gobierno. El ejemplo de muchos países europeos refleja una madurez democrática y un mayor pluralismo. En nuestro país no debería ser diferente y constataría haber alcanzado una mayoría de edad democrática; pero visto el sainete político protagonizado en el recién debate de investidura de Sánchez, mucho nos tememos que las nuevas generaciones no han aprendido nada de nuestra transición, de los pactos de la Moncloa, ni del 23 F.

Lo cierto es que las mayorías absolutas de un solo partido han pasado a la historia y por tanto se imponen gobiernos de coalición que alcancen mayorías que garanticen estabilidad, antes que gobiernos monocolor en minoría, débiles e hipotecados a pactos de intereses. Pero nuestro actual espectro político se nos antoja más que complicado porque hasta la fecha la extrema izquierda no había aparecido en escena (al menos con la contundencia de Podemos) y las posibles coaliciones moderadas colisionan con el enfrentamiento de las dos grandes formación tradicionales haciendo imposible mayorías sólidas. El desenlace de unas nuevas elecciones sería, a todas luces, lesivo para los intereses generales del país, y probablemente, lejos de posibilitar soluciones aritméticas parlamentarias, podría enquistar la actual situación, a menos que PP y PSOE olviden sus cuitas personales y entren en razón por el bien de todos.

El primer debate de investidura nos ha mostrado la dificultad para lograr acuerdos que posibiliten, siquiera con la abstención, investir a un nuevo presidente; de hecho cada cual va a lo suyo y mucho nos tememos que el espectro de nuevas elecciones esté más cerca que coaliciones progresistas o de cambio; en efecto el tan cacareado cambio progresista del PSOE no sería algo real; solo nos revela un insistente y obsesivo reclamo del frustrado candidato Sánchez para alcanzar la Moncloa que, a pesar de sus patéticas súplicas ante Iglesias no logró materializar. Todavía queda tiempo pero todo indica que las urnas nos esperan de nuevo.

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