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Corruptores

"Si la corrupción se ha extendido no ha sido sólo por los políticos. Están los corruptores"

José María Romera

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La corrupción no conoce reposo. Raro es el día en que no asome en portada, bien como episodio de un caso arrastrado durante largos meses, bien como una nueva revelación que supera las dimensiones de la anterior. Cuando parecía que empezábamos a tomar las riendas del asunto, viene un nuevo descubrimiento a atizar el fuego de la indignación, como si estuviéramos condenados a la compañía fatal de esta podredumbre por el resto de nuestros días. Ahora ha sido el famoso 3% de Convergencia Democrática de Cataluña. Mañana, quién sabe. No se puede decir que no estuviéramos avisados. Antes de extraviarse por los pantanos de la memoria, Maragall ya lo dijo alto y claro en el Parlamento catalán, aunque su estimación –a la baja, dicen algunos– fue secundada por una mezcla de espesos silencios y murmullos desaprobatorios que daba muy mala espina.

En efecto, no inventamos nada nuevo si decimos que el principal cómplice de la corrupción ha sido el escaso interés de los grupos políticos en sacar a la luz las vergüenzas de otros grupos. Aunque luego disimulen y de vez en cuando hagan como que se tiran los trastos a la cabeza a cuenta de un tesorero infumable o de unos expedientes de regulación de empleo llevados al terreno de la literatura fantástica. Este trato amistoso es una variante invertida del ‘hoy por ti, mañana por mí’ tan recurrente en los consensos nacionales desde la noche de los tiempos, pero especialmente desde el principio de la Transición.

Pero si la corrupción política se ha extendido de manera tan formidable no ha sido solo por culpa de los políticos. También están los corruptores, una parte del reparto que pocas veces se suele mencionar en las críticas de la función. O a la que se menciona con cierta admiración, por aquello que observó Lichtenberg: «En cualquier choque entre un bribón y un tonto, las simpatías de la gente se inclinan siempre por el bribón».

El tonto es el político, por supuesto. Por muy inclinado que un concejal se muestre hacia el cobro de comisiones, no podrá dar rienda suelta a su vocación receptora mientras no haya alguien dispuesto a pagarle. Puede que entre corrupto y corruptor haya cierta diferencia en razón de las distintas responsabilidades que entraña el ejercicio de sus respectivos papeles. Sin embargo tampoco se puede hablar de la corrupción como si fuera un acto intransitivo en el que solo participa el que se deja comprar. Para corromperse, igual que para jugar al pádel o bailar pegados, hacen falta dos.

Así que tan satisfactorio debería resultar ver al político corrupto entre rejas como enterarse de que al empresario flojo de escrúpulos le ha caído una pena ejemplar. Ya ha habido algunos, es cierto. Pero mientras no empiecen a desfilar por los juzgados tantos y tantos portadores de maletines como han intervenido en este inmundo juego, difícilmente estaremos en camino de erradicarlo.

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