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Cuando asesinar era fetén

Rekarte es un caso práctico de las virtudes de la cárcel en algunos casos
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Iñaki Recarte constituye un retrato paradigmático de lo que ha sido la vida de miles de jóvenes vascos durante años. Es una pena que los arrepentimientos lleguen después de los crímenes. ¡Cuánto nos hubiera gustado que los proyectos de asesinos que han sido tantos etarras se hubieran bajado de la organización criminal antes de matar! Nos hubiera encantado que no hubieran tenido que pasar la explosión hormonal y de odio para llegar a la conclusión de que asesinar al prójimo no es una buena idea. Sus víctimas estarían hoy vivas.

Las palabras, y los silencios, del exetarra -y, ¿podemos decir exasesino?, Iñaki Recarte- a Jordi Évole constituyen un retrato paradigmático de lo que ha sido la vida de miles de jóvenes vascos durante años. Criados en un clima criminógeno, henchidos de odio por diversos suministradores, instruidos -en casa, en alguna escuela, en la cuadrilla, en determinado discurso político- en la idea según la cual asesinar al definido como enemigo era la forma fetén de ser vasco patriota, centenares de jóvenes llegaron a la conclusión de que el tiro en la nuca era una forma políticamente correcta de estar en el mundo, y en el rebaño.

Rekarte es una caso práctico de las virtudes de la cárcel en algunos casos. Solo en el tiempo sosegado de la celda se puede salir del torbellino enfebrecido y fanatizado del asesinato. Mataban en régimen industrial, sin atisbo de mala conciencia, banalizaban el asesinato de los otros como una apuesta, un brindis que no les impedía irse de farra tras quitar la vida a gente a la que no conocían. En ese clima testicular se era más cuanto más se asesinaba.

El terrible testimonio de Rekarte sirve para recordar que hubo un tiempo, no tan lejano, en el que llamar asesinos a los que asesinaban era calificado de provocación, no solo por los que apoyaban expresamente a los criminales, también por esa legión de gente biempensante que explicaba, llena de razón, que algo habrían hecho las víctimas para merecer su asesinato. Tiempos en los que decir que a los criminales había que detenerlos suponía que le calificaran a uno de policía, de terrorista de la pluma y le metieran en el bombo de los asesinables. ¿Algo de lo que arrepentirse ahora por parte de todos aquellos que durante tantos años constituyeron el humus que entendía, explicaba o jaleaba la muerte ajena? ¿Algún ejercicio de memoria reparadora para los que fueron apestados, insultados, asesinados?

El testimonio de Rekarte tiene el efecto demoledor de venir de alguien que ha estado en el vientre de la bestia y sale de ella para denunciar la gigantesca mentira que ha constituido el terrorismo etarra, el terrorismo en diversos grados: los que lo han apoyado, justificado o se han quedado callados; los que han dejado de saludar a la viuda de un asesinado después de que le volaran la cabeza.

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