Opinión Editorial

Cuarenta años del 23-F

No podemos dar por hecho que la democracia de la que disfrutamos es un bien intrínseco que no hay que cuidar

Diari de Tarragona

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Hoy se cumplen cuarenta años del intento de golpe de Estado que el 23 de febrero de 1981 protagonizó el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, uno de los momentos más trascendentales de la Transición a la democracia. En aquella ocasión los tanques no lograron socavar la recién conquistada libertad. La efeméride llega en un momento que permite lanzar una mirada panorámica sobre estas cuatro décadas de convivencia en libertad en un contexto tan excepcional como el de la pandemia y cuando afloran controversias sobre la supuesta inexistencia de una «democracia plena».

Los años transcurridos desde que Tejero entrara pistola en mano en el Congreso han servido para alumbrar toda serie de teorías sobre el papel desempeñado por los protagonistas de un período histórico tan apasionante como turbulento. Sin embargo, es también una fecha ideal para analizar el delicado momento que vivimos actualmente. Parece evidente que, a pesar del ruido, de los insultos y la crispación que domina el terreno de la política, ninguno de los desafíos que afrontamos hoy es comparable a los que nos sacudieron en aquellos años de la Transición, aunque no es menos cierto que entonces contábamos con una ventaja de la que hoy carecemos y que no es menor: unos líderes políticos que apostaban por la conciliación y dotados de un gran sentido de Estado.

Por otra parte, hay toda una generación que no ha conocido otra realidad que la de un país de derechos y libertades, una generación que da por hecho que esos derechos y libertades de los que disfrutan son un bien intrínseco. De hecho, muchos de los nacidos en el Estado constitucional desconocen lo que sucedió hoy hace cuarenta años. Sería bueno enseñarles que solo la confianza social en el sistema democrático y su credibilidad, construidas sobre el pluralismo ideológico y el respeto entre diferentes, permitirá que sigamos gozando de esas libertades que hoy tenemos. Sí, el sistema es muy mejorable, sin duda, pero hay que cuidarlo y preservarlo ante las amenazas que lo rondan. Que no son pocas.

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