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De símbolos y patrias

No quemo banderas, ni silbo himnos, intento hacer gala de una buena educación
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SSoy un tipo raro. No se me cae la lagrimita cuando suena un himno, no cuelgo banderas en el balcón de casa, no me emociono cuando veo una enseña ondear al viento.

Sólo he cantado un himno una vez. El italiano, a las 5 de la madrugada y con una copa en la mano (creo que sonó en la discoteca después de alguna de Rafaela Carrà y ahí me ganaron para siempre). Defiendo que mi patria son los míos, y que estos son un círculo reducido donde no cabe un país entero.

No tengo ningún problema en decir que soy español y catalán, pero con un modo de sentir muy sui generis. Me hace gracia cuando en un país extranjero me cruzo con un tipo de Llanes, Navalmoral de la Mata o Calella de Palafrugell. Echo de menos, cuando estoy fuera, los pucheros, un salmorejo a orillas del Guadalquivir, una calçotada en una masía de l’Alt Camp. Canté el gol de Iniesta en Sudáfrica, aplaudí como un loco cuando la Jove de Tarragona cargó el 3 de 10. No me siento extraño en Andalucía (tierra de mi padre), ni tampoco en Terres de l’Ebre (tierra de mi madre). Intento maridar lo mejor de dos culturas. Y hasta aquí mi patriotismo.

No quemo banderas, ni silbo himnos, intento hacer gala de una buena educación. Hago lo que me enseñaron en casa: mostrar respeto. No me agrada que un gobierno actúe en función de un calendario electoral. No me parece lógico que poco después de la pitada a la Marcha Real en el Camp Nou, se emita un comunicado del Gobierno anunciando sanciones (1- Creo que no es sancionable. 2- Esperaba la misma rapidez para otros asuntos y ahí sigo… esperando). Creo más en la política hecha con la cabeza que con las tripas.

No me gustaron los silbidos en la Copa del Rey, de la misma manera que no me gustaría la música de viento para Els Segadors. Me parece insultante la sonrisita burlona y bobalicona del President Mas en el palco de autoridades, cuyo comportamiento se contradice con la educación que debió recibir en la Fundació Aula y dista mucho del cargo que ocupa.

No boicoteo productos en función de su origen, me baso en la relación calidad-precio. Me parece un insulto comparar la situación del castellano en la Cataluña actual con la del catalán en la España franquista. Creo que es un sinsentido la reducción del castellano en las escuelas públicas mientras la clase dirigente lleva a sus hijos a centros donde hay más equilibrio en la enseñanza de las lenguas.

Me cabrea el reduccionismo y el simplismo político. Me enerva oír a niños, casi en pañales, hacer comentarios políticos. No tengo ningún problema en decir España y no buscar sinónimos con tal de no citar la palabra maldita. “¡Niño, caca!”

Me saca de mis casillas esa doctrina según la cual contra Cataluña todo vale, esa búsqueda de votos en base a darle palos a todo lo catalán que se mueva. No puedo contra el victimismo y la piel fina. Me irrita el periodismo de camiseta. Los insultos a la inteligencia. La hipocresía. El conmigo o contra mí.

Me preocupa el futuro de los de mi generación, que pinta azul oscuro casi negro. Pienso en los que tienen que venir y en qué panorama se van a encontrar. Un futuro, una esperanza o una maleta en la puerta en busca de algo mejor.

Creo en la educación y la formación por encima de todas las cosas. En los libros y en los viajes como filosofía de vida. Me mata el politiqueo de baja estofa que no tiene ningún problema en utilizar la política educativa según convenga. Que se muestra incapaz de buscar lo mejor para el estudiante, sin la más mínima capacidad para llegar a acuerdos que nos liberen de esa filosofía según la cual todo gobierno tiene que cambiar la política y el modelo educativo para su uso y disfrute.

Me parece extraño escribir este artículo en pleno siglo XXI. A veces me levanto y pienso que estamos en el XIX.

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