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Dejarlo para luego

Según Kissinger, el poder es el afrodisiaco último, pero antes de tenerlo hay que pactar
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Sabemos por Juan Ramón Jiménez que las cosas se están quietas y que se están muy bien con ellas, pero Albert Rivera, que se ha hecho el amo de todos sin tener todavía a nadie decisivo, defiende los pactos con los opuestos mientras se cuida de no pactar con los adictos, que son siempre los que tienen más peligro. Ese atrevido joven, indudablemente astuto, cree que es posible pactar con todos, incluso con su pasado, y está convencido de que es beneficioso llegar a un acuerdo con el PSOE y con el PP, incluso con Podemos, pero hay ocasionales hermanos de leche que la gente, que no es tan tonta como creen los embaucadores, está persuadida de que hay pactos inverosímiles y que no pueden ser hermanos de leche los que saben qué leche van a ser hermanos.

Una vez demostrado que los gobiernos de coalición dan malos resultados porque no dan estabilidad, hay que asociarse con quien convenga y dejar las soluciones para luego, que siempre es tarde y a veces es nunca. La cama redonda entre el PSOE y el PP puede tener un tercer inquilino, como en las comedias de enredo, ya que admitirían también a Podemos. Se trata de mandar y hay que hacer lo posible por lograrlo. Según Kissinger, que debía saber algo de eso, el poder es el afrodisiaco último, pero antes de comprarlo hay que pactar, aunque haya pactos contra natura. Raul Castro le agradece al papa Francisco su mediación con Estados Unidos y le promete volver a rezar si sigue así. Todos los pactos exigen condiciones y en muchos casos lo mejor es dejarlas para después, cuando las condiciones hayan variado y los pactos requieren una actitud contemporalizadora. Por eso tienen fecha de caducidad. Pedro Sánchez dará libertad a sus barones para pactar con C’s y con Podemos. Otros se la tomarán por su cuenta, menos con Hacienda, que tasa en 1,6 millones la flota de coches de Pujol Jr., digno sucesor de su indigno padre. El desenlace está al caer, pero antes habrán caído las personas decentes que no pueden ocultarle nada a la Agencia Tributaria, ni siquiera sus pérdidas.

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