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Dos fiestas de mayo

Ninguno de los evangelistas nos ha transmitido ni una sola palabra de San José, pero sí sus acciones
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El mes de mayo comenzó con la fiesta de San José Obrero, el santo esposo de la Virgen María que hizo las veces de padre de Jesús, de quien el pueblo de Nazaret se preguntaba: «¿No es éste el hijo del carpintero?» y «¿no se llama María su madre?»...

San José nos da ejemplo de trabajo hecho en presencia de Dios y, entre muchas lecciones, nos entrega las de su flexibilidad para adaptarse a los planes divinos, a veces desconcertantes, su docilidad, que le lleva de Nazaret a Belén, luego a Egipto, y a Nazaret de regreso. Siempre al lado de María, a la que el pueblo cristiano dedica especial devoción en este mes florido.

Ninguno de los evangelistas nos ha transmitido ni una sola palabra de San José, pero sí sus acciones. Esta circunstancia puede servirnos para valorar más los hechos que las palabras. Valorar también con mayor motivo los silencios y la actitud contemplativa, sobre todo en una sociedad en la que las noticias y curiosidades fluyen tan fácilmente que no nos basta ir con el móvil en la mano, sino que pronto llevaremos internet en los relojes. José recibió mensajes del Señor cuando estaba acostado, en sueños, después de una jornada laboral santificada.

Junto a este pórtico de San José Obrero, el calendario de mayo tiene otra fiesta que deseo comentar. Es la del día 13, Virgen de Fátima, en recuerdo del 13 de mayo de 1917, cuando la Señora se aparece a los tres pastorcitos de la aldea portuguesa. De aquellos encuentros, que se repitieron mensualmente hasta octubre, a los niños les quedó sobre todo la insistencia en el rezo del rosario.

Casi un siglo después, esta devoción cristiana conserva plenamente su vigencia. El rezo de las avemarías y la contemplación de los misterios –los tradicionales de gozo, dolor y gloria y los de la luz que añadió Juan Pablo II- son un ejercicio piadoso que recomiendo mucho como una práctica familiar. Si hay niños, el sentido común dice que no hace falta que reciten todo el rosario. Se les puede invitar a rezar solo una decena de avemarías y pasar las cuentas. Comenzarán siguiéndolo como un simple juego y acabarán viéndolo como un juego de amor. Aunque después lo dejen, algún día recordarán provechosamente aquellas escenas familiares.

Que San José y la Virgen María nos ayuden a vivir un mes de mayo como verdaderos cristianos.

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