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El Brexit y nosotros

La democracia parlamentaria es más perfecta, en la teoría y en la práctica

Antonio Papell

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Es una grave paradoja que el futuro de la Unión Europea, formada por veintiocho países estrechamente vinculados por una serie de tratados que han ido fortaleciendo el conjunto desde mediados del siglo pasado, quede al albur de una frívola consulta que va a celebrarse este mismo mes en uno de los estados fundamentales del club. Un referéndum convocado por un gobernante conservador mediocre que, ante la evidencia de que su partido estaba dividido por la pertenencia europea del Reino Unido, decidió cabalgar sobre la ruptura y comprometerse a dar la palabra a los ciudadanos. Infortunadamente, este acto de democracia directa, que se presta a intoxicaciones populistas y a prestar oídos a motivaciones espurias, no compendiará un gran debate nacional sobre el asunto sino que se producirá tras una desordenada discusión en que los elementos clave son las antipatías/simpatías que genera este gobierno, las consecuencias sociales de la presión migratoria en este final de crisis económicas, las oportunidades que vea la oposición de fortalecerse a costa del gobierno, etc.

Un referéndum como el británico, que no ha de sujetarse a límites constitucionales (como es conocido, el Reino Unido no tiene Constitución escrita) sólo es legítimo en términos democráticos para resolver un empate parlamentario subsiguiente a un gran debate en el que se planteen con exhaustividad los argumentos de ambas partes.

La democracia parlamentaria es más perfecta, tanto en la teoría como en la práctica, que la asamblearia, y no es decente políticamente recurrir a un costoso e incierto plebiscito para buscar un refrendo personal, como es el caso.

Europa asiste al espectáculo con el corazón compungido, consciente de que el referéndum sobre el Brexit trunca un camino de solidaridad cargado de dificultades pero capaz de mantener un rumbo más o menos estable. De entrada, en las negociaciones previas exigidas por Cameron para cargarse de razones –dijo él mismo– para permanecer en Europa, el Reino Unido ha renunciado al objetivo de avanzar hacia una unión cada vez más estrecha que figura en los Tratados. O sea que incluso en el caso en que triunfe la continuidad –lo que sería un verdadero milagro en una Europa en que todos los referéndums sobre sí misma han arrojado resultados negativos–, la Unión sale dañada. El Reino Unido ya no será más un socio díscolo que aporta otra visión de la integración sino una rémora que provocará desconfianza y cuyas verdaderas intenciones serán siempre dudosas. Cameron y sus Tories han asestado un golpe mortal a la unidad europea, y quizá convenga recordar lo que ha ocurrido cuando esta unidad se ha roto en el pasado.

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