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El bipartidismo resiste

El ímpetu con que desembarcó Pablo Iglesias se ha mitigado con la cruda realidad
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Las encuestas privadas que se van publicado, y en concreto la de Metroscopia para un periódico de tirada nacional, confirman que PP y PSOE mantienen una representación conjunta del orden del 50%, a considerable distancia de las formaciones ‘nuevas’, que abarcan poco más del 30%. Además, las tendencias registradas no auguran cambios radicales en este sistema, que es aproximadamente el que ha regido tanto en las elecciones andaluzas cuanto en las autonómicas y municipales. De hecho, estarían al alza el PSOE y Ciudadanos, que son además los que menos animadversión generan (13% y 7%), en tanto el PP y Podemos (con unos rechazos del 52% y del 37% respectivamente) estarían a la baja. Sobre todo Podemos, que perdería más de tres puntos con respecto al sondeo de junio y diez puntos con respecto a enero; además, Pablo Iglesias es ya, después de Rajoy, el peor evaluado en un ranking en que sólo aprueba Albert Rivera.

La principal conclusión que sugieren estos pronósticos es que ha pasado el efecto impacto de la irrupción de las fuerzas políticas ‘nuevas’. El ímpetu con que desembarcó Pablo Iglesias al frente de Podemos se ha mitigado con el choque con la cruda realidad, ciertos errores abultados en la organización de las primarias, la ambigüedad ideológica y la bisoñez en el ejercicio del gobierno en Barcelona y en Madrid. Ciudadanos, por su parte, ha efectuado un desembarco tranquilo y racional, que le está aportando réditos en detrimento del PP (y del PSOE, en mucha menor medida), y cabe augurarle una mayor estabilidad a medio plazo, con la mencionada tendencia al alza.

De cualquier modo, hay que poner de manifiesto que el camino hacia las elecciones generales está jalonado con un hito singular e inquietante, las elecciones autonómicas catalanas, en las que habrá conflicto, que deberá ser afrontado lógicamente por la mayoría gubernamental. El PSOE respaldará sin duda al Partido Popular, que sin embargo no se podrá zafar fácilmente de la impresión de que llega tarde al problema. Así las cosas, es probable que el desarrollo del contencioso influya en el crédito de los dos grandes partidos y en los resultados electorales.

No parece sin embargo probable que el esquema general cutripartito, con PP y PSOE empatados en cabeza y Podemos y Ciudadanos empatados también a cierta distancia, vaya a variar significativamente. Y ello conduce irremisiblemente a la necesidad de un gobierno de coalición. En otras palabras, la insistencia del PP en que debe votar siempre y en todas partes la lista más votada no tiene sentido en un marco de relativa proporcionalidad electoral en el que, si se mantienen aproximadamente los porcentajes, sólo la suma de un ‘grande’ y un ‘pequeño’ puede ofrecer una mayoría de gobierno.

Es evidente que han pasado los tiempos en que el más votado de los dos grandes partidos podía asegurar la estabilidad de la legislatura mediante pactos con las minorías nacionalistas. Así sucedió por ejemplo en 1996, cuando Aznar consiguió 156 escaños y González 141, y aquél formó gobierno con CiU (16 escaños) sin que el líder socialista hiciera siquiera el amago de disputarle la primacía, pese a que IU obtuvo 21 escaños.

De ahora en adelante, y hasta que cambien las circunstancias, el gobierno emanará de un pacto. Según las pautas ya creadas en las municipales y autonómicas, podría imaginarse un acuerdo PSOE-Podemos, o PSOE-Ciudadanos o PP-Ciudadanos. El panorama está, pues, abierto, y es deseable que las fuerzas políticas se preparen para lo que se avecina porque la próxima legislatura no será, por los indicios que se tienen, un camino de rosas.

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