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El capitalismo es el virus

No solo las grandes industrias farmacéuticas no han trabajado juntas como se comprometieron, o donado las patentes de las vacunas a la humanidad, sino que desde que empezó la pandemia se ha retomado la piratería

Juan Ballester

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El capitalismo es el virus

El capitalismo es el virus

Este Domingo de Resurrección hemos visto una pintada en la tapia del cementerio de El Catllar: «capitalism is the virus!. El eslogan apareció en una fábrica abandonada en Lousiana, EEUU. Allí se inició una campaña a nivel mundial para que nos lo pintemos en la mascarilla, denunciando que el sistema capitalista ha resultado gravemente contagiado por el coronavirus.

La Organización Mundial de la Salud ha llamado la atención a Europa porque el inaceptablemente lento ritmo de la vacunación va a provocar enfermedad, ruina, muerte y locura. Ahora que todo el daño se cuantifica y se busca al responsable, la pregunta es quién debería indemnizar teniendo en cuenta que hay otros lugares (Puerto Rico, Israel, Estados Unidos, Reino Unido o Chile) en donde ese daño se va a mitigar.

El capitalismo nació a partir de una idea inteligente, convertir un vicio en virtud. A alguien se le ocurrió que si cada uno barría para casa estiraría de una gran tela de araña que conseguiría un adecuado equilibrio de fuerzas, como así ha sido desde el siglo XVII. Con sus correcciones por la Autoridad Pública para redistribuir la riqueza, ha funcionado a base del egoísmo.

Antes de la pandemia ya venía renqueando cuando, tras la destrucción total que provocaron las guerras mundiales, aparecieron las multinacionales que estiraban demasiado, tensando el tejido. Pero tras la crisis de 2007, la más grande jamás sufrida por el sistema, los fondos de inversión controlan la comunicación y estas concentran aproximadamente el 30% del PIB mundial y el 25% del comercio gracias a la intervención de los bancos centrales y el respaldo de los estados. Las han sostenido permitiendo que jueguen con cartas distintas, incluida la tributación o la quiebra.

Se ha intentado reformar el sistema económico desde dentro y hace décadas nació lo que se conoce como responsabilidad social corporativa, la parte simpática del capitalismo. Consiste en que esos gigantes más grandes que muchos estados deben contribuir a mejorar sustancialmente el planeta en el que se enriquecen. Y esta pandemia era la oportunidad para averiguar si el sistema tenía alguna posibilidad de dotarse de moral.

Aunque salvar al mundo de la Covid-19 no es moco de pavo, no solo las grandes industrias farmacéuticas no han trabajado juntas como se comprometieron, o donado las patentes de las vacunas a la humanidad, sino que desde que empezó la pandemia se ha retomado la práctica de la piratería que comparte orígenes con el nacimiento de las sociedades anónimas.

Primero se produjo la guerra sucia de los barbijos. El 5 de marzo de 2020, Francia requisó en Lyon 4 millones de mascarillas de la empresa sueca Mölnlycke, parte de las cuales iban destinadas a España. También ha habido saqueos con los respiradores, 600 que China vendió a Brasil fueron retenidos por EE.UU. en Miami. Para hacerte un test debes abonar más de cien euros cuando en numerosos países se venden en farmacias por doce, y aquí necesitas una receta cuando Alemania tiene a la venta en Lidl y Aldi.

Las vacunas son la gota que ha colmado el vaso y en el gigantesco negocio entre las multinacionales y los estados, -tres de ellas pasaran de facturar 179 millones a 24.000-, ha habido una gran opacidad y acusaciones de vender vacunas comprometidas contractualmente, al mejor postor. «Los auténticos motivos por los que hemos vacunado ya a más de 28 millones de británicos, queridos amigos, son el capitalismo y la avaricia», acaba de declarar Boris Johnson.

Los países ricos han pisoteado las reglas internacionales del comercio y del derecho y los principios éticos elementales. Se ha puesto por encima razones geopolíticas, su control futuro, a la salud de los ciudadanos. Las vacunas chinas y rusas están siendo las salvadoras de muchos países de Asia, Latinoamérica, África o Oriente Medio, a quienes las regalan.

Mientras son desdeñadas por la Unión Europea que, a estas alturas de la tragedia, todavía se niega a autorizar la vacuna altamente eficaz Sputnik V, la vencedora de esta nueva batalla espacial. Y ya son varios los dignatarios que, desafiando a la UE, negocian directamente con ellos.

Las multinacionales son demasiado egoísmo y los gobernantes en Bruselas nos han vendido escogiendo bando entre ellas y nosotros. Han traicionado a sus mandantes en un mundo con gente atenazada por el miedo a la muerte, el origen de todas las creencias religiosas, las que determinan un nuevo patrón de comportamiento.

El equilibrio de fuerzas va a saltar por los aires cuando la economía se despierte del chute inyectado por el BCE. No va a sobrevivir mando intermedio, la pandemia anuncia una desgracia peor que las dos guerras juntas, aún cuando veamos los edificios en pie.

El capitalismo, como todos los sistemas nació, se desarrolló y, tras haberse infectado con el virus, dejará paso al siguiente a cuya génesis asistimos. El nuevo mundo arrasará al anterior (capitalismo, comunismo, izquierda y derecha), y los ciudadanos harán cola con el tapabocas, esperando a que nos vuelvan a vacunar, aunque sea con la Astrazeneca, para poder ir a comer la mona.

Un sistema sepultado y resucitado. Menos hipócrita y más barato de sostener. Y tantas veces descrito en la literatura fantástica, en el que la Autoridad Pública se va diluyendo y las Corporaciones emergen de la sombra para gobernar, sin intermediarios, los destinos de la Humanidad.

Juan Ballester: Escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

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