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El dilema griego

El dilema no puede reducirse a una comedia de buenos y malos. Ninguna de las opciones es razonable completamente
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La irritación de los griegos se ha nutrido, además de la desafección social provocada por el engaño de sus propios políticos, de la gravedad de las medidas que, por su profundidad e intensidad, han degradado hasta extremos intolerables la situación social del país. La insensibilidad de las instituciones supranacionales hacia la tragedia griega ha sembrado un recelo frente a Bruselas de muy difícil reparación. Porque Grecia, con un PIB en 2013 de poco más de 180.000 millones de euros, la sexta parte del español, representa apenas el 1,38% de la Unión Europea (unos 13 billones de euros de PIB), por lo que no hubiera sido costoso en exceso actuar con una mayor generosidad. Hoy, el futuro se le plantea muy difícil a la sociedad helena: compiten entre sí los partidarios de culminar el gran ajuste, del que ya empieza a salir el país y quienes se rebelan contra el statu quo, exigen una reestructuración de la deuda y abogan por la reconstrucción del estado de bienestar como principal urgencia para aliviar el sufrimiento de los griegos. El dilema no puede reducirse a una comedia de buenos y malos. Ninguna de las opciones es razonable completamente, y tampoco es inteligente aplicar el análisis moral a un asunto que requiere soluciones pragmáticas y posibles. En cualquier caso, ambas opciones son respetables, y los europeos, que no hemos estado tampoco a la altura del problema, tendremos que aceptar la decisión de este pueblo antiguo que tiene el legítimo derecho a labrar su propio destino.

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