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El fracaso del catalanismo progresista

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Jordi Amat, discípulo de Jordi Gracia, es un intelectual singular, independiente y de sólida formación académica, que acaba de publicar en Tusquets y en catalán un libro resonante, El largo proceso. Cultura y política en la Cataluña contemporánea (ignoro si aparecerá la edición en castellano), que ha merecido grandes elogios (uno de los más creíbles es el del crítico José-Carlos Mainer aparecido hace unas semanas).

No he leído el libro (esperaré la edición en español por simple economía intelectual ya que a los de mi generación se nos enseñó a hablar catalán pero no a escribirlo) pero sí el largo artículo del que proviene: ‘Matar al Cobi’, aparecido en La Vanguardia en junio de 2013 y que tuvo entonces gran eco en Cataluña y en los medios españoles más atentos al ya entonces abierto conflicto catalán.

El trabajo de Amat arrancaba con una observación inquietante y pertinente: «Hace veinte años, la posición dominante en el debate intelectual catalán giraba en torno a las propuestas del catalanismo progresista que basculaba en órbita socialista. La pugna pujolismo/antipujolismo dominaba la escena. El tiempo transcurrido desde entonces ha visto como el nacionalismo modernizaba su relato, derivando hacia un soberanismo que parece alcanzar su momento de auge. Y desde esa posición de fuerza, da muestras de querer modificar el relato histórico para recluir al catalanismo de izquierdas, encarnado en el ‘maragallismo’ olímpico, en la anécdota historiográfica. ¿Realmente hoy Cobi no simboliza más que ‘la Barcelona del pasado’?».

En otras palabras, el catalanismo progresista, que fue el maragallismo de los primeros tiempos –tras su gran papel al frente de la ciudad de Barcelona, que incluyó los Juegos de 1992 y la consiguiente modernización de la ciudad, Maragall no quiso presentarse a las elecciones autonómicas de 1995 (prefirió irse a Roma), que pudo haber ganado–, ha perecido estrepitosamente, víctima de sus propios errores y de la incesante hostilidad del nacionalismo, tras poner desde el tripartito en bandeja al pujolismo la puesta en marcha del «proceso de soberanización» (un término acuñado por Agustí Colomines) en el que estamos inmersos y que «pasa –escribe Amat–, entre multitud de aspectos, por imponer un relato uniforme del pasado sobre el cual se pueda construir un proyecto de futuro nutrido en la idea de ruptura inevitable con España. La tesis del fracaso de la concordia predicada desde La pell de brau, la biblia en verso de la reconciliación catalana». Como es conocido, La pell de brau es un bello poema de Salvador Espriu de 1960.

La retirada de Pujol en 2003, que representaba objetivamente un fin de ciclo, no fue aprovechada por el catalanismo progresista, que cayó en manos de la sedicente izquierda nacionalista de ERC.

Pasqual Maragall, en lugar de crear con imaginación nuevos espacios solidarios de creatividad progresista, se dejó arrastrar al particularismo nacionalista, hasta el extremo de prolongar las aberraciones de la etapa anterior (la Generalitat siguió sancionando a los comerciantes que rotularan sus establecimientos en castellano), provocó el cisma en el PSC, alimentó el nacimiento de Ciudadanos y provocó el enfrentamiento con el Estado al patrocinar el alumbramiento de un Estatuto sencillamente incompatible con la Constitución. Incompatibilidad que fue aprovechada por el centralismo reaccionario y por el nacionalismo radical para generar el conflicto cuyas consecuencias más graves estamos padeciendo ahora.

El actual PSC, con Miquel Iceta al frente, ha hecho gestos que parecen reconocer el naufragio y apuntar soluciones elocuentes, pero parece claro que la resurrección del socialismo catalán requiere grandes decisiones y una idea muy clara de que el nacionalismo y el socialismo son, sencillamente, incompatibles.

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