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El obispo que paró los pies al rey

La primera visita oficial de un jefe de estado español a Andorra en casi un siglo ha sido la de Felipe VI, esta vez puesto sobre aviso de los temas intocables que los andorranos defienden

J. MOYA-ANGELER

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J. MOYA-ANGELER

J. MOYA-ANGELER

Nacido junto al Francolí, en Milà, Joan Martí Alanis fue obispo de la Seu d’Urgell y por tanto co-príncipe de Andorra. Era recibido en la Generalitat con la guardia con uniforme de gala, como ningún otro eclesiástico, porque era un jefe de estado. Esta tarea se la tomó muy a pecho, y puedo constatarlo. Consecuencia de este cargo fue prohibir la entrada del rey Juan Carlos I en Andorra, a título oficial, en un episodio que ahora puedo relatar y al que la pasada semana se puso fin con la visita oficial de Felipe VI a Andorra.
El ‘bisbe Joan’ me recibió en 1984 en el obispado de la Seu en un encuentro que marcaría una relación muy cordial, amical incluso. Era un hombre muy sincero, manteniendo a la vez su espíritu diplomático. A solas en aquel despacho (otras veces me recibía en su austera celda) al término de un largo coloquio, me pidió que guardara secreto de lo que iba a contarme: Había coincidido en un acto con el entonces Rey de España, Juan Carlos I. El monarca le preguntó como buen curioso, por Andorra para, acto seguido, pedirle que renunciara a su cargo de co-príncipe y le pasara este título al rey de España. Que abdicara en él.

La respuesta del obispo fue rotunda, pues con voz grave y pausada le respondió a Juan Carlos: «No puedo tolerar esta intromisión que hace en la más alta jerarquía andorrana. Usted quiere cambiar la señal de identidad que con más orgullo defienden los andorranos. Evidentemente, mi respuesta es que no admito ninguna alusión hecha en esta línea. Es más, sabiendo lo que usted piensa, como co-príncipe le anuncio que Andorra ni le hará ninguna invitación oficial a visitarnos, ni aceptará ninguna solicitud de usted para visitar el Principado».

El ‘bisbe Joan’ me explicaba con vehemencia y rotundidad este suceso de intromisión de Juan Carlos I para cambiar algo tan sagrado como el llamado ‘pareatge’, el pacto que había permitido a aquel país (en Madrid aún hay quien piensa que Andorra «es español») vivir más de setecientos años en el equilibrio jerárquico más sólido que haya tenido un país europeo. Juan Carlos fue indelicado, torpe y ambicioso al querer ostentar también el poder que el obispo de la Seu lleva como una sagrada obligación. El obispo cumplió con su promesa e impidió siempre que el monarca español visitara Andorra.

Juan Carlos I le pidió que renunciara a su cargo de co-príncipe y le pasara este título al rey de España. «No puedo tolerar esta intromisión en la más alta jerarquía andorrana», dijo 

Es cierto que casi treinta años después de este incidente, y con el obispo Joan-Enric Vives, Juan Carlos visitó Andorra, pero lo hizo a título personal, sin los protocolos propios de una visita oficial. La primera visita oficial de un jefe de estado español en casi un siglo ha sido la de Felipe VI, esta vez puesto sobre aviso de los temas intocables que los andorranos defienden con orgullo y razón. 

Estos hechos, protagonizados por un prudente tarragonés y mantenidos en secreto, ya se pueden explicar porque han transcurrido más de treinta años y Juan Carlos I no ostenta la Jefatura del Estado. Pero más allá de los hechos, lo que se pone en evidencia es la integridad de Martí Alanis fiel a sus cargos y responsabilidades. Un hombre cuya vida la había enfocado de joven en el terreno religioso y que acabó con un cargo político de difícil ejercicio.

El ‘bisbe Joan’ dio ejemplo magnífico de cómo no amilanarse ante muestras de superioridad, ni ante tentaciones fáciles, presiones o las componendas que la política conlleva. Y añadió a todo ello la prudencia y discreción de no dar tres cuartos al pregonero para vanagloriarse de sus decisiones o escandalizar a terceros. 

Un segundo y pequeño secreto de este obispo: me confesó, en 1995, en Montbrió del Camp: «Ansío retirarme y venir a un convento de estas tierras para vivir serenamente el fin de mi vida». Sin embargo, murió en Barcelona y fue enterrado en La Seu d’Urgell, lejos de su tierra amada.

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