El señor Guiu

No podemos llegar o estar en nuestro invierno de la vida esperando a que venga el final sin apasionarnos por nada, ya que entonces es cuando llega antes
 

EMILIO MAYAYO

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Estos días pasados hemos visto cómo significábamos y cómo representábamos lo que quedaba de año y cómo venía el nuevo año. A este último lo poníamos cómo un bebé recién nacido y al que iba a perecer, cómo un anciano de pelo blanco y larga barba. Un símbolo de lo que es la vida, que unos vienen y otros se van. Sin embargo, no todo es así en la vida real. Algunos no llegan a nacer y a otros se le alarga la vida. Son curiosidades a las que nos tenemos que acostumbrar y no está de más, cuando uno está cercano a pertenecer a las clases pasivas, planificar de alguna manera las posibilidades que nos da la vida para prolongar nuestra partida. Muchos ya lo habrán hecho, pero no está de más que a uno se lo repitan.

Hace unos cuantos años, o cómo suelen empezar los buenos cuentos escritos en inglés, long time ago, un grupo mixto y heterogéneo de personas nos reunimos en un viaje organizado para visitar parte del Norte de Europa, especialmente Finlandia y sobre todo hacer una buena extensión a Laponia (Lapin maakunta, en finés), en concreto a Rovaniemi. Las condiciones climatológicas hicieron que se cambiaran los proyectos, nuestro gozo en un pozo, y se tuvo que cambiar por hacer una visita a Leningrado. No nos importó ya que cómo fue en el año 1980, justo después de los Juegos Olímpicos de Moscú y otras ciudades rusas, esta estaba esplendorosa. Cabe recordar que actualmente a esta ciudad se la conoce como San Petersburgo, como también se llamó antes de 1917. Esta magnífica ciudad bañada por el rio Nevá, había sido la capital de Rusia de 1712 a 1918 y posee unas maravillas muy recomendadas de visitar, entre las que cabe destacar el museo del Hermitage. Pero, no me voy a alargar en este punto ya que lo importante es lo que sigue.

Volviendo al grupo que se formó quiero puntualizar que entre las persones que lo constituíamos destacaba la presencia de un varón mayor que viajaba solo. Se presentó cómo Joan Guiu, de 80 años, viudo desde hacía unos años y nos dijo que su pasión actual eran los viajes, conocer ciudades, mundo y culturas. Siendo el resto de participantes más jóvenes, esta persona pasó enseguida a llamarse entre todos como el señor Guiu, que a él no le importó nada. Durante el viaje lo más habitual fue que de todos los grupos que participábamos, se uniera al nuestro que éramos tres parejas, hecho que no nos importó. Era un erudito en muchas cosas y nos enseñó tanto de todo, ya que disponía de una rica larga vida y extensa experiencia, que fue un placer y un regalo el compartir el viaje con una persona tan entrañable. Pero sobretodo, lo más importante que nos transmitió fueron sus ganas de vivir, de relacionarse y de seguir creciendo en conocimiento. Ya me hubiera gustado a mí que mi abuela con su misma edad hubiera tenido planteamientos similares, aunque hubieran sido menos ambiciosos. Esta es sin duda la gran meta que toda persona debería tener en su vida. No sirve de nada el haber hecho, lo que de verdad sirve es lo que se puede hacer y lo que se quiere hacer.

No podemos llegar o estar en nuestro invierno de la vida esperando a que venga el final sin apasionarnos por nada, ya que entonces es cuando llega antes. El marchar ya vendrá, pero sin solicitarlo. Afortunadamente ya hay mucha gente que en este tiempo, tan diferente con los que nos tocó empezar, están haciendo lo que ya hizo el renombrado señor Guiu cuarenta años atrás. Verdaderamente fue un avanzado y nos supo trasmitir a todos los que viajamos con él lo que es primordial cuando el tiempo se acaba. Esto si es maravilloso y no hacer lo contrario, el quedarnos a la espera.

Cosas de la vida y a colación de lo comentado que tiene como protagonista al señor Guiu, he hallado similares planteamientos en unos libros que acabo de leer y escritos por Richard Osman. En ellos se describen las peripecias de los cuatro integrantes del Club del Crimen de los jueves. Los protagonistas son cuatro jubilados, dos mujeres y dos varones, que en torno a los ochenta años (año arriba o año abajo) se ponen en acción, como si fueran planes de jubilación, a resolver los casos de asesinatos ocurridos donde viven, un complejo residencial alejado de Londres y con sus experiencias y deducciones ayudan a la policía a resolverlos. Son libros de lectura fácil y rápida para los que tengan afición por los libros. Básicamente lo que nos vienen a decir, que nunca es tarde si la dicha es buena.

Ahora que casi todo el mundo está haciendo planes de cómo desarrollar el año una vez pasados los días de largos festejos navideños, no estaría mal que los veteranos tomáramos nota de estos dos ejemplos y nos propusiéramos hacer una vida activa más enriquecedora, cada uno según sus afinidades y sus condiciones. De esta manera, cuando vuelva a venir el periodo en donde a los veteranos nos dibujan viejos, podamos decir que ese panorama no va con nosotros.

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