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En casa del Tío Sam

El estilo de vida americano establece una dinámica perversa consumo-trabajo

Paco Zapater

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En casa del Tío Sam

En casa del Tío Sam

Lo primero que choca al abrir el mapa de Estados Unidos es la cantidad de ciudades, estados y accidentes geográficos que nos suenan. Ese descubrimiento evidencia el grado de información y de conocimiento que tenemos de ese país, que supera con creces al de cualquier otro del mundo, salvo que sea de nuestro entorno más próximo. Pero eso no nos viene por ciencia infusa, sino de diversas fuentes, a cada cual más potente. De Hollywood, de cuyas factorías han salido la mayor parte de las películas que hemos visto a lo largo de nuestra vida, y todos sabemos que el cine es un factor de transmisión universal. De los medios de comunicación, que suelen llevar profusión de noticias yanquis. O de las nuevas tecnologías, buena parte de las cuales nacieron allí. Por eso, viajar por ese país nos resulta tan familiar.

Pero la incidencia de Norteamérica sobre nuestras vidas –que es enorme– viene también del ámbito político. Hasta el punto de que alguien dijo que todos los habitantes del planeta deberían votar en las elecciones de USA, ya que las decisiones de sus presidentes afectan a todos. Y es que no es lo mismo que salga elegido George Bush que Barak Obama, por tomar como referencia los dos últimos presidentes. Mientras que el uno quiso convertirse en sheriff del universo con su unilateralismo y puso el mundo patas arriba, el otro trató de tender puentes y desactivar conflictos desde el principio de su mandato. No es de extrañar que Bush pase a la historia como uno de los presidentes americanos más dañinos, y a Obama se le dé el Premio Nobel de la Paz.

Nada más llegar a USA llama la atención la gran cantidad de obesos que hay (el 22% de la población), una epidemia que afecta incluso a los jóvenes. Hay varias causas. La alimentación, pues comen mal y mucho. La sobreutilización del coche, con olvido del verbo caminar, pues allí reina el ‘homo auto’, al igual que en Amsterdam domina el ‘homo ciclo’. Y la comodidad –madre del sedentarismo–, la opulencia, y el consumismo exacerbado. Parece mentira que un país tan avanzado e innovador no sea capaz de poner fin a este problema de salud pública. Con ese panorama harían bien los norteamericanos comprándonos la dieta mediterránea. En pocos lustros bajaría el índice de obesos. Y nosotros contentos de aligerar su peso.

Otro aspecto que sorprende es que pese a la diversidad de razas, culturas y territorios, en Estados Unidos se sienten un solo país y enarbolan la misma bandera. Y no es un oxímoron. Allí la bandera no divide, cohesiona. Y nadie la cuestiona. En principio por amor, aunque otros por interés, como bandera de conveniencia para gozar del estatus de ciudadano norteamericano. Han tenido el mérito de sintetizar en una sola patria lo que en origen eran varias.

Fue en California donde encontramos más elementos comunes con nosotros, pese a ser el estado más lejano. Un clima mediterráneo con temperaturas suaves que permite cultivos tan nuestros como la viña, el almendro y el olivo. Eso sí, con extensas y modernas plantaciones. Una historia común durante las casi siete décadas de colonización española, a caballo entre los siglos XVIII y XIX. La alta presencia del castellano en los topónimos. Y el hecho de que el 25% de habitantes de Los Ángeles y el 10% de los de San Francisco son castellanoparlantes. Aunque hay rasgos en las antípodas con los nuestros, como el nivel de desarrollo y de innovación de California, a años luz del nuestro, pese a ser un Estado tan joven.

Las misiones de California, construidas en la época de la colonización española, fue un hallazgo que encontramos en aquellas tierras. Fueron establecidas entre 1769 y 1823 por los franciscanos, con Fray Junípero Serra a la cabeza, como instituciones de frontera, en un intento de cristianizar a los nativos. En total son veintiuna misiones, construidas de norte (Sonama) a sur (San Diego) de California a lo largo de algo más de mil kilómetros, en paralelo con el Pacífico, y unidas entre sí por el llamado Camino Real (hoy la carretera 101). La idea fue construirlas con tal proximidad (a un día de caballo entre cada una, a tres a pie) que el viajero pudiera caminar durante el día y dormir bajo techo por la noche. Junto con la misión se establecía una guarnición de soldados para la protección del territorio. La mortandad de los indios, la independencia de Méjico y la secularización propiciaron la decadencia de las misiones y ruina de muchas de ellas.

Entre las misiones más significativas está la de San Carlos Borromeo en el Carmel, la preciosa ciudad de la que fue alcalde el actor y director Clint Eastwood. Allí está enterrado su fundador Junípero Serra, y hoy es un remanso de paz y de quietud. La misión Dolores, en San Francisco, destaca por ser el edificio más antiguo de la ciudad, pese a haberse construido en 1776, y resistió el terremoto de 1906. La de San Francisco Solano, en Sonama, la última en construirse y la más al norte, hoy monumento nacional. Y la de Santa Clara, donde, curiosamente, estuvo asignado durante 36 años el misionero Magí Català, de Montblanc.

Hoy las misiones están restauradas y acogen museos, iglesias y centros educativos. De las veintiuna misiones, dos son del Estado de California y las restantes de la Iglesia, y su huella se percibe por toda California. Reciben un millón de visitantes al año y pocas ciudades hay que no tengan una calle o un monumento con el nombre de misiones. Además, propiciaron la Arquitectura de Misión, un estilo constructivo sencillo, austero y con encanto. El Capitolio de Washington alberga una estatua dedicada a Fray Junípero Serra, y el de Sacramento, capital de California, otra.

Y una última reflexión. El estilo de vida americano, que muchos envidian, está basado en gran parte en el consumismo exacerbado. Eso obliga a trabajar más para acceder a los bienes de consumo, estableciendo una dinámica perversa consumo-trabajo que anteponen a otras facetas como la cultural y el cultivo del espíritu. Creo que el modelo europeo es superior al americano, ya que armoniza mejor la relación trabajo y ocio y permite una mayor realización de la persona. Y este viaje me ha reafirmado esa opinión.

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