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Entre el derecho a decidir y la DUI

El choque de lo simbólico con lo real acabará definiendo nuestro futuro
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La mejor manera para salir del laberinto en que nos ha metido el actual gobierno de Catalunya, en relación con España y Europa, no debería ser otra que la negociación y el pacto, aunque puedan ser de lenta maduración en el tiempo. Si hacemos algo de memoria, recordaremos que el partido político del President Mas, allá por el cercano año de 2012, cambió sus objetivos nacionales, pasando de la defensa de un nacionalismo no independentista a otro que si lo era, en forma explícita e implícita.

Sin entrar en otras causas personales y concretas, podemos analizar la mera apariencia externa y el recorrido intelectual, que nos ha llevado a que en este verano de 2015, hayamos podido visualizar la realidad de unos pactos necesarios para la denominada «Llista del President». Y cuyo objetivo primordial es ganar unas elecciones autonómicas, en el mes de septiembre, para poder continuar en el ejercicio del poder; y actuar en función de sus propias necesidades, en los próximos tiempos.

En mi opinión, el primer atentado contra la realidad, ganado por el partido del President, fue la invención del denominado «derecho a decidir», sin más aditivos sobre el contenido de la decisión. Se supo imponer a la opinión pública la convicción de que existía un «derecho a decidir» que amparaba a un pueblo. Y la realidad de que tal «derecho a decidir» no estaba contemplado ni regulado en el ordenamiento jurídico, fue superada por la imaginación y por las ilusiones colectivas, promovidas desde muchas entidades y bastantes creadores de opinión, durante los años 2012 y 2013; de manera que quien negara el «derecho a decidir», seria calificado como ajeno al mundo democrático y quedaría situado en las tinieblas exteriores.

De nada o de muy poco sirvieron aquellas voces escasas que manifestaban, de palabra o por escrito, que el llamado «derecho a decidir» ni era un derecho, ni estaba contemplado en nuestro ámbito territorial. Ya había quedado claro, para entonces, que el lenguaje era simbólico y que «todos» debíamos entender a que se refería el indicado «derecho a decidir». Y aquí estuvo la primera victoria de aquellos que se referían a la independencia de Catalunya sin necesidad de mencionarla. Porque podía haber discusiones si se planteaba, en forma directa y clara, que se estaba hablando de la independencia de Catalunya, pero casi nadie se atrevería a negar que los pueblos, como las personas, tenían su propio derecho a decidir.

Posteriormente, en forma razonable y razonada, se propuso que aquella persona o colectivo a la que se le ha reconocido, aunque sea simbólicamente, el «derecho a decidir», debería tener, además, la capacidad de declarar o manifestar su decisión, producto de su voluntad y derecho propio. Y, siguiendo con toda lógica y como consecuencia, se llegó a la conclusión de que toda persona o colectivo, debería tener derecho a declarar unilateralmente sus decisiones propias. Por ello, ganada la previa batalla del lenguaje simbólico, más allá de la realidad y de la normativa legal vigente, podía llegar a ganarse la batalla final, que no era otra que la Declaración Unilateral de Independencia (DUI). Naturalmente, todo ello podía y debía ser solo conocido por aquellos que estuvieran en el secreto; y que conocieran que simbólicamente hablando, la única salida posible y viable del laberinto, era la salida de la libertad, en forma de independencia. La realidad importaba poco o nada. Pero la realidad seguía existiendo. Estaba allí y no era posible camuflarla o esconderla. Porque los otros eran realidad. Y no habían cambiado. El choque de lo simbólico con lo real acabará definiendo las circunstancias de nuestro futuro. Salvo un pacto superador del conflicto, como salida más inteligente y beneficiosa para todos.

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