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Escenario para dar la talla... o no

Enrique Badía

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Tanto pedirla y desearla, pues ya está aquí: la fragmentación política, conjurando mayorías absolutas y exigiendo pactos para gobernar, se ha instalado en el escenario político, quién sabe si para durar. Pero no da la sensación de que sobren habilidades para gestionarla y la pluralidad tan ansiada empieza a parecer inquietante inestabilidad.

Catalunya ha estado a punto de ir por delante en consumar un callejón sin salida conducente a una incierta repetición electoral. Y, a menos que las cosas discurran por donde ahora mismo no parece, no hay que descartar que acabe ocurriendo lo mismo a escala estatal. Sólo que repetir unos comicios no garantiza que el veredicto de las urnas vaya a ser muy diferente… o quizás sí. Los mismos que han evidenciado dificultades estructurales para ponerse de acuerdo podrían verse abocados a tener que volver a intentarlo pocos meses después... ¿hasta desembocar en lo mismo o no se sabe muy bien qué?

Muchos ciudadanos, atónitos ante el espectáculo, comienzan a preguntarse dónde está el fallo. ¿Exceso de doctrina? ¿Intransigencia? ¿Desaforados personalismos? ¿Falta de cintura? ¿Visión excesivamente partidista y centrada en el corto plazo…? Y no pocos llegan a formular una duda más trascendente: ¿hasta qué punto les importa el país?

Es poco menos que imposible no apreciar que la estrategia hasta ahora seguida por todos, cara a posibles pactos de gobernabilidad, rezuma demasiado cálculo sobre cómo va a afectar cada alternativa a su futuro particular. Incluso con vistas a una eventual repetición de las elecciones, se percibe que unos la desean, tanto como otros la temen, basados en las expectativas que intuyen para sí.

Pero no cabe desconocer ni negar que el panorama poselectoral es tan complejo como difícil de gestionar. Puestos a concretar, resulta que los partidos más o menos considerados tradicionales no suman para revalidar su poder, pero los bien o mal llamados emergentes tampoco alcanzan para sustituirlos, que es, lo digan o no claramente, su máxima aspiración. Y la teórica configuración de bloques, sea a derecha o izquierda, conservadores o progresistas, choca con el hándicap de intentar reunir concepciones que tienen o pretenden tener poco qué ver.

La tradición tampoco juega demasiado a favor. Es verdad que los últimos treinta y cinco años han aportado experiencias de gobiernos de coalición, pero unas han sido mejores que otras y las ha habido incluso para olvidar. Por lo general, ha dependido de cuán forzadas hayan sido las alianzas y heterogéneas las fuerzas que se han pretendido sumar. Signifique lo que signifique, han ido mejor en el ámbito municipal que en el autonómico y están inéditas en el plano estatal. Igual que se han revelado más eficientes agrupando dos partidos políticamente limítrofes que en los casos en que han concurrido tres o más. Ejemplos en la mente de todos pueden ser el segundo tripartito en Catalunya o el pentapartido armado en Baleares algunas legislaturas atrás.

Las distintas vertientes del escenario actual van a poner, están poniendo ya a prueba las capacidades, en el fondo la talla de los líderes instalados y no menos la de quienes aspiran a serlo. Sin duda, todos se juegan mucho en los diversos envites, pero importa más lo que está en juego para el conjunto de la sociedad. Y, no queda más remedio que decirlo, hasta el momento las cosas no discurren de modo esperanzador: siguen prevaleciendo el regate corto, el interés personal o partidario y el enquistamiento de posiciones, más que la búsqueda de puntos comunes –hay más de los que confiesan– para conducir una coyuntura que anda excedida de problemas que solventar.

Sin duda, los ciudadanos han manifestado deseos de renovación y cambio político en las citas electorales más recientes. También se evidencian en los sucesivos sondeos que realiza el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Pero las principales preocupaciones que reflejan las encuestas son las que son y, en función de ellas, cabe deducir que antes o después imperará la demanda, casi exigencia, de que se configuren gobiernos competentes, que no cuenten milongas inútiles ni dediquen su tiempo a dirimir quién es más o menos no se sabe qué.

Hace ahora poco más de tres décadas, el por aquellas fechas candidato socialista a la presidencia del gobierno, Felipe González, centró su campaña en una afortunada frase que resumía lo que aspiraba a ofrecer a los electores: hacer que el país funcione. Nadie, que se recuerde, ha vuelto a utilizar el eslogan, pero que no se formule el propósito no quiere decir que no persista como demanda social a quienes voluntariamente demandan el voto para gobernar.

Este 2016 recién estrenado estaba llamado a un protagonismo político de las elecciones autonómicas en Galicia y Euskadi, previstas en principio para el otoño. Antes, sin embargo, es muy probable que toque votar a quienes no tenían previsto ni probablemente deseaban repetir… ¿sólo una vez?

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