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Europeos

Rafael Servent

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Soy uno de esos que piensan que lo más importante que se ha hecho jamás para la construcción de una ciudadanía europea es el programa Erasmus. Durante décadas, jóvenes universitarios de toda Europa han dejado sus estados-nación (y sus naciones sin estado, y sus estados federales, y sus estados plurinacionales) para integrarse en otras realidades culturales. La curiosidad, la flexibilidad mental y la ilusión de la juventud han hecho el resto. El resultado es un nutrido grupo de ciudadanos europeos con estudios superiores, en una franja de edad en la que entran desde veinteañeros hasta cuarentones, con una sólida conciencia de compartir algo en común que les es muy cercano. Porque no es lo mismo hablar de Holanda o los holandeses que hacerlo de Katrijn o de Pieter, por poner dos nombres holandeses.

Y porque el conocimiento que tenemos de Katrijn o Pieter va más allá de un ligue de verano, por mucho que al Erasmus se le haya colgado la etiqueta jocosa de ‘Orgasmus’. El programa Erasmus no es una versión contemporánea de las suecas en biquini de las películas de Alfredo Landa, ni una ventana a la civilización o la modernidad, sino una oportunidad de conocimiento de igual a igual, de convivencia sin estereotipos, ni folclorismos.

El de los Erasmus es el segmento de población más resistente a movimientos como el ‘Brexit’, el Front National o las batallas campales entre aficiones de selecciones deportivas. La capa de nuestra sociedad que debería dar el paso para impulsar de una vez una unión política que, si no hay más remedio, será a dos velocidades. Porque a nadie se le puede obligar a pertenecer a algo que no quiere, pero tampoco se puede impedir que quienes queremos ser, seamos. En este caso, ciudadanos europeos.

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