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Frank de la Jungla

Rafael Servent

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Sucedió el verano pasado. Era una mañana de vacaciones, cerca de un río, en una zona de charcas preciosas. De repente, irrumpió allí un señor, con su esposa y sus niños, pegando berridos y con la lata de cerveza en la mano. Nada en contra de los niños, ni de las esposas. Yo también estaba ahí acompañado por mi familia. Nada en contra de las cervezas, tampoco. A mí la cerveza me gusta mucho. Fresquita y bien tirada en una caña, en la terraza de un chiringuito, o en una brasería especializada, con música tranquila. Al señor que acababa de llegar a la charca, la cerveza le gusta distinto. Y los entornos naturales a pie de río... también le gustan distintos.

Cuando tiró allí mismo la lata de cerveza y se fue a por otra en la bolsa que le cargaba su mujer, dejando su basura flotando en el agua, me sentí extraño. No podía gritarle «Tourist, go home!», como se han aficionado a gritar ahora los barceloneses a los guiris que pasean por esa ciudad, porque ni era turista ni daba la impresión de ser precisamente un políglota. Y porque, como barcelonés de nacimiento, lo del «Fot el camp, pixapins!», siempre me ha parecido de una xenofobia muy injusta. Igual de injusta que el «Tourist, go home». Pero las cosas van a veces muy deprisa y el señor, en un arranque cuñao nivel pro, berreó: «¡Joé! ¡Esto está petao!». Así que, enarbolando su lata de cerveza como un Napoleón blandiendo el sable ante la batalla, animó a los suyos a seguirle río arriba, subiendo por las rocas con sus chanclas, al grito de «¡Esto es Frank de la Jungla!» y dejándonos su basura y su impagable recuerdo. Franks de la Jungla, no jorobéis al personal.

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