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Ganar tiempo es lo peor

Las buenas noticias acabarán siendo malas si no se aprovechan para reformar de verdad
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En economía, no siempre es fácil distinguir las buenas de las malas noticias; mucho menos, valorar qué pronósticos son fiables y cuáles no. Unas y otros suelen ser relativamente fáciles de manipular, por lo que conviene tener siempre presente el viejo aserto según el cual todo dato, debidamente torturado, sirve para demostrar algo y lo contrario, según convenga a cada quien.

Pese a que acostumbran a acertar más bien poco, ninguno de los habituales pronosticadores renuncia a pronunciarse con establecida periodicidad. Estos días, dirigentes y expertos han vuelto a reunirse en la villa suiza de Davos, con el propósito de analizar y prever por dónde va a discurrir la economía mundial los próximos meses. En términos generales, han coincidido en vaticinar un horizonte algo más optimista que años anteriores, apreciando que las cosas han mejorado, pero enfatizando que queda mucho por hacer. No ha habido coincidencia, en cambio, a la hora de señalar sobre qué se debe actuar y, todavía menos, con qué orientación.

Justo en las horas finales del encuentro junto a los Alpes helvéticos, el italiano Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), confirmó desde Fráncfort sus planes para inyectar nueva liquidez en la eurozona, mediante la compra de deuda soberana de los socios. Una medida que, aunque discutible, ha sido valorada de forma muy positiva por los líderes comunitarios que, no en vano, llevaban tiempo pidiéndola. No han faltado, sin embargo, muestras de escepticismo, por ejemplo de la francesa Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI). La duda es si bastará o acabará siendo contraproducente, caso que no se acompañe de otras reformas; para empezar, en el diseño y la gobernanza del euro. Pero hay, sin duda, más aspectos que considerar.

Sobre el futuro de la eurozona penden más amenazas que la deflación. No sólo, aunque también, las que puedan derivar del resultado de las elecciones de este domingo en Grecia. Muchos temen que la determinación demostrada por el BCE, más allá de su dudosa eficacia, sirva de excusa para seguir posponiendo decisiones trascendentales, a las que tan remisos se muestran los gobiernos comunitarios y la Comisión. Se ve inquietante, sólo por citar un ejemplo, que el plan de inversiones de choque anunciado por el presidente Junker todavía no haya concretado objetivos ni cómo se va a financiar.

Otro de los deberes pendientes se puede ver afectado por la presunta buena noticia de que el precio del petróleo se ha desplomado en el mercado mundial. El barril de crudo cuesta hoy una tercera parte del máximo alcanzado el verano de 2008, y en torno a la mitad de su cotización hace justo un año, cuando los entonces reunidos en Davos –ni prácticamente nadie– supieron prever que podía ocurrir. Una caída que los consumidores no notan todo lo que deberían, como prueba añadida del deficiente funcionamiento de los mercados energéticos en la Unión Europea (UE): faltos de transparencia y sobrados de intervencionismo, no precisamente favorable a la eficiencia competitiva y eso que suele llamarse interés general.

El petróleo lleva décadas condicionando la marcha de la economía mundial. Su papel central no se discute… salvo en Canarias, donde su presidente, Paulino Rivero, acaba de proclamar como ¡victoria! que no se haya encontrado ningún yacimiento viable en las aguas costeras del archipiélago. La declaración es probablemente desconcertante para cualquiera –tanto dirigentes como ciudadanos– en los países productores, pero no menos para quienes están obligados a importar la mayor parte o la totalidad del crudo y el gas que consumen.

La existencia de defectos competitivos en los mercados energéticos de Europa parece clara, pero viene de antiguo que las autoridades supervisoras, estatales o comunitarias, se muestren impasibles o tolerantes ante la persistencia de unos cuantos seudomonopolios, a diferencia del furor regulador con que persiguen otros sectores en los que existe bastante más competencia, aunque diste de ser lo óptima que sería de desear. Los claros privilegios que petroleras, eléctricas y gasistas disfrutan no han sido hasta ahora mermados, a modo de ingrediente añadido a la constatada incapacidad para articular una política energética común, a todas luces crucial para el porvenir de la UE.

Aunque de índole distinto, la masiva inyección de liquidez y el alivio, puntual o duradero, que pueda suponer la caída de los precios del crudo tienen en común propiciar la tentación de seguir ganando tiempo, posponiendo modificaciones de verdadero calado en un modelo que muestra serios síntomas de agotamiento. Un irresponsable ejercicio autista frente a la evidencia de que, cuanto más tarde se aborden los cambios, el coste será peor.

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