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¿Hemos perdido el juicio?

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El número uno de la CUP, Antonio Baños, ha reclamado tras la asamblea de su formación esta semana que la Generalitat comience a desobedecer las leyes que considere injustas «urgentemente y en cosas que la gente note». Es evidente que semejante llamamiento, de claro significado político a pesar de sus signos de histrionismo, podría llegar a tener relevancia penal si sus destinatarios se tomaran en serio la conminación de los curiosos radicales que se ubican tras las siglas de la llamada unidad popular. Lo más interesante de este asunto es la faceta sociopolítica del mensaje, que enclava a los catalanes ante nuestra propia capacidad de raciocinio. En efecto, ante semejante bravata, más pueril que amenazadora, los catalanes tenemos ya que plantearnos con gravedad y buen sentido -con ese seny majestuoso del que tantas veces hemos hecho gala- si el camino hacia nuestro futuro puede recorrerse a través de este pantano que proponen Baños y la CUP. ¿En qué despeñaderos se abismaría Catalunya si la sociedad civil catalana hiciera casoa quien, desde posiciones extremistas, propusiera quebrar la legalidad vigente, el Estado de derecho construido costosamente entre todos, la civilización trabajosamente implantada en este país no con pocos esfuerzos, sin haber sugerido una solución medianamente elaborada de repuesto? No puede ser que Artur Mas y los dirigentes de Convergència hayan perdido el juicio hasta semejante desproporción.

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