Historia de Hipo

La prisión, ya se sabe: muy educativa no es. Lo de la redención resulta una entelequia. Hipo cayó en las drogas con todo el equipo

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

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Historia de Hipo

Historia de Hipo

¡Hola vecinos! Odia el delito y compadece al delincuente, clamaba la poeta y ensayista gallega Concepción Arenal, que en el siglo XIX contribuyó a edificar el movimiento feminista. Arenal fue la primera mujer de España en obtener el título de Visitadora de Cárceles de Mujeres. Su labor se fundamentaba en la atención y asistencia a las presas. En acompañar, sin juzgar. Desde su espíritu humanitario de entrega a los demás y de compromiso con las mujeres caídas en desgracia, Concepción Arenal defendía que, cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie. Y pedía: abrid escuelas y se cerrarán cárceles.

Desconozco qué pensaría la escritora gallega acerca de Hipo.

Hipo -de Hipólito- es un pieza de mucho cuidado. Ahora tiene sesenta castañas pero a los cinco años ya robaba huevos. Afanar huevos a tan tierna edad denota cierta precocidad vocacional, destreza en el arte del descuido y más hambre que un maestro de escuela. El tráfico huevero de Hipo, al ser a pequeña escala, no daba para mucho. Así que, en la adolescencia, este emprendedor en el arte de buscarse la vida por el camino más rápido encontró su lugar en el sector de la banca. Como atracador, claro. Como consejero delegado, presidente o director de sucursal le resultaba un poco más difícil al venir de una actividad tan pedestre y humilde cual son los huevos de gallina birlados. A los 23 años lo trincaron y le cayó su primera condena de cárcel por el asalto a uno de esos templos donde el dinero circula para satisfacción de los accionistas.

La prisión, ya se sabe: muy educativa no es. Lo de la redención resulta una entelequia. Hipo cayó en las drogas con todo el equipo. No sólo consumo propio y adición al amplio abanico de la oferta alucinógena comercial del hampa, sino también en el narcotráfico profesional de sustancias prohibidas, cuyos misterios laborales le descubrieron las malas compañías que a menudo se establecen en el poco edificante ámbito de los patios carcelarios.

Hipo se hizo con un brillante currículum vitae: robahuevos, atracador a punta de pistola de bancos y narcotraficante. Veintitantas reseñas policiales. Y un máster como recluso, que eso también cuenta. Más de media vida en prisión. Menos tiempo de libertad que de estancia en el trullo. Con lo bueno que es el trullo para reciclar conocimientos en I+D+i criminal. Pobre Hipo. Varias veces ha intentado salir de la senda del mal. Quiso montar una empresa de ñapas, dedicarse él mismo a las chapuzas caseras, a los apaños, aprender algún oficio. Pero cuando estás pillado por el dinero fácil y la adición al chabolo, no hay vuelta atrás.

Hipólito Pradas Collado, natural de Ciudad Real, de 60 castañas como ya he contado, alias ‘Hipo’ entre el inframundo de los malhechores de base -en las castas más altas tienen apodos cutres, qué contradición: ‘el Albondiguilla’, ‘el Bigotes’, ‘el Cabrón’-, Hipo, digo, acaba de ser condenado a otros siete años y medio a la sombra. Y a pagar una sanción de millón y medio de euros. Todo por culpa de un alijo de 36 kilos de ‘cristal’, proveniente de Países Bajos (lo que venía siendo Holanda), que llegaron a nombre del propio Hipólito a la Oficina de Correos del aeropuerto de Madrid. La Guardia Civil nunca ha dejado de vigilar las andanzas de Hipo y un paquetón de 36 kilos a su nombre con remite de Ámsterdam es como pedir a gritos: ‘Encerradme hasta que me jubile, o no respondo’. El paquetón, por cierto, tenía un valor de venta calculado en 900.000 euros. El ‘cristal’ es metanfetamina, un estimulante poderoso y muy adictivo que afecta al sistema nervioso central y se presenta en polvo blanco cristalino, inodoro y de sabor amargo, fácilmente soluble en agua o alcohol. Pues en el alijo de Hipo había cerca de un millón de euros en metanfetamina. Como para una jubilación anticipada. Pero no ha podido ser.

Resulta relativamente fácil odiar el delito pero no tanto compadecer al delincuente, que es por lo que clamaba Concepción Arenal, de la que se hizo un documental: ‘Concepción Arenal, la visitadora de cárceles’ y una serie rodada en Galicia y Barcelona (Montjuic) e interpretada por la actriz Blanca Portillo. La historia de Hipo, como otras tantas, nos recuerda que más a menudo odiamos al delincuente y compadecemos el delito. Y, por eso, en esferas donde la corrupción arrasa, en los que la violencia machista está instalada, donde el tejemaneje de guante blanco nos sangra a todos, no se ha aprendido nada de lo que proclamaba Concepción Arenal. Se les sigue votando, se les perdona enseguida, se les tapa que nos sangren. A Hipo, no.

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