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Historias en la 'Apedós'

En las autopistas pasan cosas, no solo coches, motos, autocares y camiones. Se dan toda suerte de historias
 

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

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ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

¡Hola vecinos! Hace como unos 45 años inauguramos la AP-2. Bueno, yo la inauguré solo un poco. La empresa concesionaria y el ministerio de Obras Públicas organizaron una jornada informativa acerca de la nueva estructura viaria e invitaron a periodistas de la ciudad de los pumas a conocer el tramo Zaragoza-Área de Servicio de Monegros. Este menda era uno de aquellos periodistas. Nos llevaron en autocar, nos proporcionaron documentación y técnicos con los que hablar, pasamos alegremente el peaje de Pina de Ebro que aún no funcionaba y, dueños absolutos de la autopista, llegamos al Área de Servicio de Monegros, donde se nos ofreció un rumboso lunch. Y vuelta a casa por la autopista vacía, nuevica a estrenar.

La AP-2 hasta Tarragona ya es gratis. Y, aunque la hayamos pagado con creces durante 44 años, apunta a que la volveremos a pagar

Tiempo después, enfilaría la AP-2 en mi R8-TS azul Z-80703 rumbo a la Ciudad Condal contratado por Diario de Barcelona, el viejo Brusi decano de la prensa europea continental. En Zaragoza quedaban Inmi, mi mujer, y Francho, nuestro bebé recién nacido. Esa tarde me presentaría en el periódico, tenía cita con el director Antonio Alemany, y luego buscaría alojamiento provisional por la zona de Consell de Cent. Pero, a la altura de la salida Soses-Alcarrás, el R8-TS empezó a hacer «¡Cóf, cóf..!» y se paró, agonizante. «Uy, qué mal empieza esto», discurrí. Poste de SOS, espera, grúa, taller en Alcarrás y buscar taxi. Llamé a Inmi desde el taller:

-El coche está fiambre, Inmi. Hay un taxi esperando. Me vuelvo a Zaragoza, que Barcelona es mucho grande para mí.

-Por aquí ni asomes –dijo una voz de mando que se parecía a la de Inmi pero en tono sargento de la Legión cabreao-. Tira a Barcelona, flojo, que eres un flojo. Y cumple como un hombre.

¿Y qué vas a hacer? Pues cumplir. Llegué ya de noche. El director me presentó a la Redacción, se me asignó una mesa con teléfono y una Hispano Olivetti Lexicon 80 y pregunté por alguna pensión, hostal, albergue, refugio, posada, puente o lupanar donde pasar la noche. Entonces vino un señor con corbata: «Soy Benito Baratech, el jefe de la sección de Economía. Tú te vienes a casa, que vivimos muy cerca. Te damos unas llaves y te quedas en la habitación de invitados el tiempo que sea». Primera lección de generosidad catalana sin límite. Así llegué por la AP-2 a una nueva vida, en la que incluiríamos la partida “Peajes” entre los gastos suntuarios de la contabilidad doméstica.

En las autopistas pasan cosas, no solo coches, motos, autocares y camiones. En las autopistas se dan toda suerte de historias, como para hacer un sinfín de «roads movies», pelis con potente banda sonora de country o de Los Chichos. Un día iba por la AP-2 en coche oficial de Zaragoza a Castejón de Monegros, como avanzadilla de la visita del presidente de Aragón a la localidad. El auto era un Seat 132 y el conductor, Miguel Ángel. Jamás, como jefe de Protocolo, me senté en el asiento trasero. Siempre junto al conductor. Hablábamos de esto y de lo otro y, de repente, vimos: «Próxima salida, Fraga».

-¿Fraga? -me preguntó Miguel Ángel.

-¿Fraga? -le pregunté yo a él.

Nos habíamos pasado siete pueblos y medio de la salida a Castejón de Monegros. Y, cuando llegamos a la plaza del ayuntamiento de Castejón, ya estaban allí el presidente, el alcalde, concejales, autoridades, la Guardia Civil, la Reina de las Fiestas y sus Damas de Honor, la prensa y el pueblo llano. El presidente me abrió la portezuela del Seat 132, e hizo lo que tendría que haber hecho antes yo: «Alcalde, este es mi jefe de Protocolo. Ángel, aquí el señor Alcalde. ¿Qué, empezamos o qué?». Maldita AP-2 y su señalética.

Con ese presidente regresaríamos de Barcelona a Zaragoza en una pequeña comitiva por la AP-2. Volvíamos de participar en una Asamblea de Regiones Europeas. Nos detuvimos a cenar en un área de servicio. Cogías tu bandeja, elegías del buffet y pasabas por caja. Fila india de conductores, policía de escolta, miembros de la delegación aragonesa y, al final, el presidente y yo. Los de delante me señalaban al pasar por caja: «¡Paga ese!». Con horror vi lo que se iban eligiendo: un primero, un segundo, postre… Hasta que tocó el turno al presidente, que se cogió un triste yogur. Así que seleccioné un sándwich envasado para el camino, aboné la cuenta general, guardé el ticket para Intervención y ni me senté. Los demás sí se sentaron. Apenas habían hincado el diente al primer plato cuando el presidente se cepilló su yogur en tres cucharetazos y según se levantaba dijo: «¡Hale, ya podemos seguir viaje!». Hubo quien intentó llevarse sus ardientes huevos al salmorrejo al coche -o sea, no los suyos propios y también ardientes. Los de la cazuela, digo-. Pero le fue imposible.

La AP-2 hasta Tarragona ya es gratis. Es pública. Y, aunque la hayamos pagado con creces durante 44 años, el futuro apunta a que la volveremos a pagar más veces. No me parece serio.

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