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Huellas

Los únicos españoles que no corren peligro en caer en la pobreza son los que ya están

Manuel Alcántara

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Hasta los ángeles más neutrales dejaron algunas señales de su paso, aunque fuese en forma de plumas sueltas, que se lleva el viento de los días. La perfección es inhumana y se le está exigiendo a los políticos, incluso de manera retrospectiva, olvidando que ellos, en general, suelen ser o demasiado humanos o bastante sinvergüenzas. La dialéctica electoral sería aún más aburrida si no tuvieran nada que echarse en cara y siguiesen echándose todo a sus espaldas. En las guerras políticas, como en el amor, todo vale y se olvida eso de que cualquier santo tiene un pasado y todo pecador un esplendoroso porvenir. Florece el género imprescindible del periodismo de investigación, que convierte a los escribidores en sabuesos, en vez de en personas que salvan los instantes y cantan lo cotidiano. Si viviera Larra, su mayor preocupación sería divulgar las trapisondas de los mamarrachos contemporáneos antes de que, dicho en el ‘argot’, no se lo pisara ningún colega. Por eso, el humilde y duro oficio se ha convertido en un hipódromo donde unos perros persiguen a otros perros, desentendiéndose de su objetivo inicial, que como todas las verdades corre que se las pela.

Los únicos españoles que no corren peligro en caer en la pobreza son los que ya han caído en ella. No se puede estar preso y asustado. Y a Larra, que le dio tiempo a todo en sus 27 años, le concedieron los caprichosos dioses algunos días para hacer su autorretrato: «Siempre he sido independiente en mis opiniones y nunca he pertenecido a ningún partido de los que miserablemente nos dividen». Ya en su época, como en cualquier otra anterior, había miserables, pero quizá no le debamos pedir a todo el mundo que tenga vocación de perro de presa. A Susana Díaz, tercera presidenta de la Junta de Andalucía, se le está pidiendo ahora un pasado impoluto, que abarca incluso al de su marido, que dicen que cobró nóminas en UGT pagadas por los cursos de forma indebida. Así como la cólera se ha refugiado en algunas revistas de arqueología, el odio tiene su guarida en los partidos políticos. Se espían unos a otros porque saben que es imposible no dejar huellas.

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