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Jornada de reflexión

La dicotomía entre lo nuevo y lo viejo predominará sobre todas las demás
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Vaya por delante mi rechazo a esta decadente institución de la jornada de reflexión, un arcaísmo de otra época que perseguía aplacar los ánimos supuestamente exaltados por la campaña electoral y sedimentar las propuestas que competían en las urnas, sin acabar de aceptar que los electores no precisan de la tutela institucional para cumplir cabalmente con su obligación. Pero dicho esto, y puesto que la jornada en cuestión está estatuida, reflexionemos si les parece sobre la decisión que se nos brinda.

En esta ocasión, el alcance de nuestra determinación va más allá de decidir si revalidamos la confianza en quienes gobiernan o censuramos su ejecutoria y entregamos el poder a sus adversarios: esta vez el proceso electoral de hoy emitirá una opinión inapelable sobre un cambio de fondo en el sistema político, caracterizado por la llegada de nuevos actores a la ceremonia pública. Y la dicotomía entre lo nuevo y lo viejo predominará claramente sobre todas las demás, incluida la clásica derecha-izquierda.

Evidentemente, el surgimiento de las nuevas opciones se ha debido al desgaste profundo de las viejas, que han gestionado la crisis con escasa habilidad y se han despeñado por los precipicios de la corrupción hasta extremos muy irritantes. El cambio que ahora se palpa comenzó allá por mayo de 2011, cuando tuvieron lugar movilizaciones populares muy potentes en protesta por las duras terapias del gobierno contra la crisis –por aquel entonces estaba todavía Zapatero en La Moncloa–, de forma que se cargaba sobre los hombros de la ciudadanía un desastre que había sido provocado por las elites que habían abusado manifiestamente del sistema financiero y que, tras cometer un fraude muy parecido a una estafa piramidal –las burbujas inmobiliarias y otras–, habían pasado injustamente la factura a los atribulados contribuyentes del planeta.

Aquella indignación abrió brecha en el sistema representativo y dio por primera vez opciones a nuevas fuerzas políticas significativas: surgió Podemos, que se estrenó con brillantez en las elecciones europeas del año pasado. Y por aquel boquete en la estructura del modelo entró más tarde Ciudadanos, una organización centrista bien liderada que había conseguido implantarse en Catalunya en 2005 y que ahora probaba suerte en todo el Estado. En realidad, ambas formaciones surgen a consecuencia del fracaso de las tradicionales –PP, PSOE, IU– y con la pretensión de sustituirlas.

La realidad es hoy sin embargo menos rotunda: después de la euforia inicial, que llevó a Podemos a encabezar el ranking político en algunas encuestas, las elecciones andaluzas –que no son plenamente extrapolables pero que constituyen una referencia incontestable– han enfriado las expectativas de los recién llegados y han devuelto vigor al esquema bipartito, que está lejos de agonizar.

En definitiva, la disyuntiva electoral –o una de ellas, porque ésta no es la única decisión que deberá tomar el elector– consiste en decidir si es mejor apoyar a las viejas opciones, con su conocida carga doctrinal, o apostar por las nuevas vías. Cada cual tiene la última palabra.

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