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Jugar con las cosas de comer (y 3)

Nuestras leyes son más restrictivas, pero en EEUU el pueblo llano come basura

Elvira Masia

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Y la traca final: el TTIP. Esas siglas significan Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión. Se trata de una propuesta de tratado de libre comercio entre la Unión Europea y EEUU, que ya lleva tiempo gestándose en secreto y que supone un aumento extraordinario del poder de las grandes empresas frente al desvalido consumidor. La información que voy a exponer sobre lo poco que se sabe de dicho tratado –ni siquiera los parlamentarios europeos tienen acceso a los textos ni conocen lo que ya se ha acordado–, está sacada del libro Los usurpadores. Como las empresas trasnacionales toman el poder, de Susan George.

Además de este tratado con Europa (Atlántico), EEUU también tiene otro con Asia (Pacífico), lo cual supone dos tercios del PIB mundial y tres cuartos del comercio global del planeta, de modo que EEUU planea, de facto, obtener la hegemonía mundial en las cosas de comer, además del fracking y de otras áreas económicas. Solo el TTIP (Atlántico) permitirá establecer las reglas que rigen unas operaciones comerciales valoradas en cerca de 2.000 millones de euros diarios, y tanto de modo predecible como impredecible afectará a la vida de más de 800 millones de personas. Toma ya. Si el tratado llega a firmarse se barrunta que, entre otras cosas, aumentará el período de vigencia de las patentes, bloqueará los impuestos a las transacciones financieras, dificultará la mejora de las condiciones laborales incluidos los salarios, reducirá la capacidad de los gobiernos para afrontar la estabilidad climática… en fin, un completo desastre económico y social para los europeos, que serán aplastados por la ley del más fuerte.

Todo el proceso de negociación se lleva a cabo a puertas cerradas, sin ninguna participación ciudadana, pues buena parte de él es confidencial, en especial los capítulos más peligrosos. Susan George escribe que «tanto las corporaciones como los gobiernos parecen considerar el consentimiento de los gobernados como una pintoresca noción constitucional digna del s. XVIII», y añade que ella misma preguntó, a través del servicio Europe-Direct, quiénes eran los proveedores de los contenidos del tratado, y le contestaron que ese servicio no disponía de respuesta. La pregunta fue retransmitida a la Dirección General para el Comercio (DG Trade) que finalmente le respondió que «desafortunadamente, no hay una lista de los integrantes del Grupo de Trabajo de Alto Nivel». También el Observatorio Europeo de las Corporaciones (CEO) pidió información al respecto y, a pesar de que los registros estaban fuertemente censurados, obtuvo el siguiente resultado: entre enero de 2012 y abril de 2013 el 93% de los encuentros registrados eran de grandes corporaciones y sus lobistas: BusinessEurope y varias empresas automovilísticas, la Cámara de Comercio de EEUU, Digital Europe, el EuropeaN Services Forum y el Consejo Empresarial Transatlántico, y también numerosos lobbies que representaban a la industria de armamentos, a la banca, a las tecnologías médicas, a la alimentación y a las industrias farmacéutica y química. Ahí queda eso. Susan George –a quien deberían darle un Premio Nobel por su valentía, lucidez, rebeldía y esfuerzo– nos pone al corriente asimismo de la temida cláusula ISDS (Acuerdo sobre Disputas de Inversor a Estado), la cual otorga a las corporaciones «el derecho de demandar a gobiernos soberanos si una empresa considera que las medidas gubernamentales pueden perjudicar sus beneficios presentes, y hasta los que esperan obtener en el futuro», es decir: con todo lo expuesto nuestra democracia se va al carajo. Ella habla de «amenaza para la democracia», pero yo soy más pesimista. Si las empresas pueden demandar a gobiernos soberanos, apaga y vámonos. Por ahora y en cuanto a las cosas de comer nuestras leyes son más restrictivas, pero en EEUU ya hace tiempo que el pueblo llano come basura, y muchas sustancias químicas prohibidas en Europa, allí se emplean libremente. No en vano ostentan el ‘number guan’ en enfermedades cancerígenas y circulatorias. Si nos cuelan ese tratado, acabaremos como ellos. Al respecto Susan George añade lo siguiente: «Tampoco se plantean si los europeos quieren comer carne envenenada con hormonas y antibióticos, si aceptan los cereales transgénicos y los productos modificados genéticamente sin etiquetas que lo especifique, las frutas tratadas con plaguicidas prohibidos en Europa o los pollos crudos lavados con cloro». Todas esas barbaridades son prácticas habituales en EEUU. Y hay que tener en cuenta, además, las pérdidas de los agricultores y los daños medioambientales que sin duda se producirán si se aplica el tratado. Y concluye que estamos ante dos filosofías divergentes, «los estadounidenses autorizan una sustancia cuya peligrosidad no ha sido demostrada irrefutablemente», mientras que «los europeos –al menos cuando son presionados por la opinión pública– tienden a atenerse al principio de precaución», y nos advierte de que «el TTIP es un atentado contra la soberanía alimentaria». Si lo aceptamos será el acabose. El acabose de nuestra espléndida dieta mediterránea y de nuestra salud.

Y digo yo: el pequeño nacionalismo catalán, tan velador de sus esencias, ¿permitirá el imperialismo cultural del TTIP made in USA? De hecho parece que ya lo está permitiendo: leo en La Mañana (27 mayo 2015) que el Forn Codina de Vilaller (Lleida), hace pruebas con una pasta procedente de Los Angeles para elaborar y comercializar el llamado cruffin (masa de croisant y decoración de cruffin). La noticia no especifica de qué está hecha la masa ni otros detalles que tenemos derecho a saber antes de meternos el susodicho “cruffin” entre pecho y espalda. Pero me apuesto el flequillo a que dicha masa no la ha realizado artesanalmente una abnegada abuelita menonita amish, con un perol abollado y una cuchara de madera, sino más bien una gran empresa agroalimentaria que usa medios convincentes para seducirnos con el glamour que –para algunos– exhala todo producto norteamericano. No entiendo que nos pasemos al cruffin con lo requetebuenas que están las orelletes de Lleida. Salvo que piensen que seríamos unos paletos de boina y chorizo si renunciáramos a esa delicatessen tan moderna. El día menos pensado nos ponen un babero colgado del cuello con la frase: ‘come y calla’.

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