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La ambición de Esperanza Aguirre

Su batalla en primera instancia es municipal, pero su horizonte es el liderazgo del PP
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Esperanza Aguirre, repuesta de una grave enfermedad, decidió dejar la política en septiembre de 2012, aunque se limitó a abandonar la presidencia de la Comunidad de Madrid, manteniéndose en la presidencia del PP madrileño. Y después de un periodo de perfil bajo, ha regresado en tromba a la escena política con el ofrecimiento a Rajoy de su candidatura a la alcaldía madrileña y con su designación formal para tal cometido. Y tras confirmarse el nombramiento, se ha plantado en cuestión de horas frente a Génova para negarse a renunciar al poder regional y a acatar directrices –ni Manolo Cobo le hará el programa ni Javier Arenas, las listas–; ha hecho valer sus orígenes liberales para que nadie dude de que ella es más progresista que su compañera de cartel, Cristina Cifuentes; ha anunciado que acudirá a la manifestación antiabortista de Madrid; y, para terminar de enterrar la memoria de Alberto Ruiz Gallardón, ha anunciado que no pisará el inmenso cenotafio de Cibeles, erigido por el exalcalde en un alarde de culto a la personalidad (a la suya). Esperanza –el verso suelto del PP– ha nombrado también a su propio equipo –bien es verdad que ha tenido que hacerlo entre los restos de su anterior cohorte, ya que varios de sus colaboradores están en prisión o imputados por corrupción– y se dispone a singularizar la campaña sobre sus propios axiomas ideológicos, el principal de los cuales es la bajada de impuestos. Genio y figura. Finalmente, ante la desconfianza de Génova, ha accedido a no presentarse a la presidencia del PP madrileño. Esta cautela del aparato del Partido Popular frente a la única persona que ha disputado personalmente el liderazgo a Mariano Rajoy es artificiosa porque introduce un factor de desconfianza que sin duda lesiona las posibilidades de la candidata –¿cómo creerán en ella los electores si el aparato de su partido la amarra en corto porque no se fía?–, pero refleja el temor de que pudiera producirse una sorpresa si, como parece, el PP queda muy lejos de la mayoría absoluta en las elecciones generales. Porque el liderazgo de Rajoy se basa actualmente en el poder que ostenta, que es omnímodo gracias a la mayoría absoluta, pero podría debilitarse si se encontrase en una situación más precaria que le obligara a pactar. Si Aguirre lograra lo que hoy por hoy parece imposible, que es la alcaldía de Madrid, estaría en condiciones de aspirar a un liderazgo heredado de Rajoy si éste se desfonda en las generales. En definitiva, la batalla de Aguirre es, en primera instancia, municipal, pero también, y sobre todo, estatal, puesto que su horizonte tácito, que lógicamente nunca reconocerá por ahora, es el liderazgo del PP.

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