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La democracia, a prueba

Los delirios de Trump podrían provocar alguna crisis grave antes de que las instituciones tengan tiempo de reaccionar

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La democracia norteamericana está a prueba, en dos sentidos diferentes. Por una parte, habrá que ver si los frenos y contrapesos –checks and balances– establecidos constitucionalmente conforme a las clásicas pautas del parlamentarismo y desarrollados durante más de dos siglos, son capaces de contener y embridar a un personaje atrabiliario, decididamente díscolo e irrespetuoso con el ordenamiento vigente como es Donald Trump, un multimillonariuo malcriado que no soporta someterse a reglas. Por otra parte, llega al poder un personaje poderoso con grandes intereses concretos en su propia nación y en numerosos países del mundo, por lo que habrá que ver si es o no posible conciliar estos intereses particulares con los generales del pueblo norteamericano, y si, en el plano exterior, Washington logra que los negocios personales del jefe del Estado no terminen interfiriendo en la diplomacia americana. Los Estados Unidos han dado en el pasado muestras de gran rigor democrático a la hora de controlar a sus jefes de Estado. Trump tendrá que sujetarse al imperio de la ley en todos sus extremos si no quiere verse acosado por el modélico aparato de control que ha mantenido indemne el sistema democrático americano desde su fundación. El único problema es que los delirios de Trump podrían provocar alguna crisis grave antes de que las instituciones tengan tiempo de reaccionar. Ante este riesgo objetivo, Europa debería permanecer unida y vigilante.

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