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La familia política

La relación sentimental con un personaje poderoso puede provocar fenómenos telequinésicos

Dánel Arzamendi

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Los parientes de mi mujer pueden estar tranquilos, pues mi intención no es hablar de ellos sino de la creciente trascendencia que parece estar adquiriendo el factor sentimental y familiar en la vida de diversos dirigentes políticos. Siempre ha existido una acusada tendencia a conceder un trato privilegiado a los consanguíneos de los poderosos, que en ocasiones se ha concretado en la adjudicación de cargos públicos atendiendo al apellido del afortunado. Nos referimos al nepotismo, así llamado por la afición de algunos pontífices del siglo XV y XVI a encomendar a sus sobrinos diversas magistraturas eclesiásticas (del latín nepos-nepotis, sobrino), aunque algunos estudiosos defienden que el origen del término se remonta a los tiempos del emperador romano Julio Nepote.

En cualquier caso, nos encontramos ante una problemática tan antigua y recurrente que permitiría repasar toda nuestra historia de forma prácticamente ininterrumpida. Por poner sólo algunos ejemplos destacados, pensemos en el papado de Alejandro VI (sobrino de Calixto III, ambos pertenecientes a la familia valenciana de los Borja), el nombramiento dedocrático del rey José Bonaparte (hermanísimo de Napoleón), hasta llegar a cualquiera de los sospechosos vínculos familiares que hoy mantienen numerosos dirigentes públicos entre sí o con altos cargos de empresas cotizadas (cuya actividad depende, en mayor o menor medida, del poder político). La influencia del parentesco en la vida pública no ha decaído con el paso de los siglos, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Unas veces ha servido para confirmar la evolución de las especies (Marine Le Pen, por ejemplo, ha demostrado ser mucho más astuta y brillante que su padre), mientras otras, por el contrario, ha sugerido todo lo contrario (recordemos el batacazo electoral del inodoro, incoloro e insípido Adolfo Suárez Illana). Esta misma semana, el máximo dirigente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, ha decidido nombrar a su esposa vicepresidenta del país. Teniendo en cuenta la reciente reforma constitucional para alargar los mandatos presidenciales, todo apunta a que los Kitchner caucásicos tienen en mente la creación de una dinastía hereditaria de sangre roja, al estilo al-Assad (recordemos que Aliyev llegó al poder tras la muerte de su padre, Heydar, quien gobernó la antigua república soviética desde 1993).

Comportamientos de este tipo (desde los discutibles hasta los obscenos) han favorecido que algunos países occidentales hayan instaurado exigentes regulaciones para prevenir el nepotismo. El excéntrico y telecinquero presidente norteamericano, Donald Trump, ha sufrido en sus propias carnes la presión de una normativa que a punto ha estado de frustrar el nombramiento de su yerno como miembro destacado de su gabinete. Jared Kushner, marido de la mediática Ivanka y propietario del New York Observer, es un brillante ejecutivo formado en Harvard que proviene de una adinerada familia de judíos ortodoxos (en su mansión no se enciende la luz durante el sábado para respetar el descanso del sabbath, aunque dicho rigor religioso no le impidiera a su padre cometer diversos delitos financieros con los que ganó dos años de alojamiento gratis en una cárcel de Alabama).

Sin embargo, la existencia de vínculos familiares con el poder no siempre resulta positiva para las partes implicadas. Que se lo digan a Kim Jong-nam, el primogénito de Kim Jong-il, quien perdió el favor paternal cuando huyó con un pasaporte dominicano a Japón para visitar Disneyland, y que fue asesinado por orden de su hermano la pasada semana. Tampoco le ha ido muy bien a François Fillon en la gestión de sus asuntos familiares, tras hundirse en las encuestas por contratar irregularmente a su mujer como asistente parlamentaria. Por lo visto, Penelope Fillon cobró casi un millón de euros del erario público a cambio de no dar un palo al agua. El posible descalabro electoral del partido republicano tiene un aspecto que debería servirnos como ejemplo (el electorado francés no tolera el menor atisbo de corrupción) pero también puede abrir las puertas del Elíseo a la ultraderecha (en una segunda vuelta entre Le Pen y Fillon, era previsible una unión desde la izquierda hasta el centro derecha para respaldar al candidato conservador; pero si el Frente Nacional se enfrenta a Emmanuel Macron o Benoît Hamon, puede que parte del voto republicano se decante por Le Pen). Atentos a sus pantallas. Además de los efectos negativos que estas relaciones pueden provocar a nivel político y legal, en España también es posible observar otro tipo de consecuencias perniciosas para los afectados: la pérdida de agudeza sensitiva. Efectivamente, los testimonios que hemos escuchado estos meses en diversos procedimientos judiciales demuestran que el parentesco con personajes políticos o institucionales puede alterar la percepción sensorial del sujeto. Así, hemos podido comprobar que el matrimonio con el senador popular Jesús Sepúlveda provocó en Ana Mato una pérdida sustancial de su capacidad visual, hasta el punto que le resultaba imposible atisbar un Jaguar o un Range Rover en su propio garaje. Los años de convivencia con el Duque de Palma le causaron un daño similar a Cristina de Borbón a nivel auditivo, totalmente incapacitada para escuchar lo que se decía en los consejos de administración de Aizoon. Un síndrome semejante sufrió Rosalía Iglesias, quien perdió por completo el sentido del olfato para intuir de dónde salía el dinero que le permitía a su cónyuge, Luis Bárcenas, llevar una vida de príncipe saudí con un sueldo de tesorero.

Las últimas semanas hemos descubierto también que la relación sentimental con un personaje poderoso puede provocar fenómenos telequinésicos. En efecto, los recientes debates en el Congreso han permitido detectar que el estado en que se encuentra el vínculo afectivo con Pablo Iglesias causa en sus parejas y exparejas todo tipo de movimientos ascendentes y descendentes en la bancada de Podemos. Habrá que estudiarlo.

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