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La grandeza y su ausencia

Nadie duda de que el Barça seguirá siendo un conjunto potentísimo, situado de forma estable en los primeros puestos de la clasificación

Danel Arzamendi

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La grandeza y su ausencia

La grandeza y su ausencia

Si un alienígena decidiera observarnos, en este mismo instante, desde un sistema situado a 70 millones de años luz, lo que vería a través de su sofisticado telescopio sería un pequeño planeta azul poblado por dinosaurios, campando a sus anchas por nuestros bosques y praderas. En efecto, cuando nos deslumbramos ante la belleza de una noche estrellada, lo que verdaderamente estamos viendo es sólo un pasado lejano. Gran parte de lo que contemplamos dejó de existir hace ya mucho tiempo, y aunque parezca real, es sólo el destello de lo que fue.

Sospecho que algo parecido les pasará a muchos culés a partir de esta tarde, cuando el balón comience a rodar sobre el césped del estadio blaugrana. Nadie duda de que el FCB seguirá siendo un conjunto potentísimo, situado de forma estable en los primeros puestos de la clasificación. Sin embargo, cuando salte al campo frente a mi querida Real Sociedad, la apariencia de que se trata del mismo club que hace un año probablemente sólo sea eso, un simple destello de algo que ya no existe. Algunos amigos, furibundos barcelonistas, reconocen abiertamente su previsión de una larga travesía del desierto, que podría durar varias temporadas.

Según parece, son tres las causas que explican el colapso de una institución universalmente admirada y envidiada durante años. Por un lado, los últimos acontecimientos han evidenciado la nefasta gestión económica desarrollada por la anterior directiva, que podría forzar la transformación de la entidad en sociedad anónima si no se revierte rápidamente. Mientras el Real Madrid construye uno de los mejores estadios del mundo, en Can Barça tienen que pedir a sus jugadores que renuncien a parte de su sueldo para seguir a flote. En segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, también ha quedada acreditada una preocupante incapacidad para reforzar la plantilla con figuras de la categoría que se espera en una institución deportiva de primer nivel internacional. Y, por último, como doloroso colofón, esta semana ha habido que decir adiós al astro futbolístico que ha marcado el rumbo del equipo durante la última década. Aunque probablemente me valga la animadversión de más de un culé, creo que la melodramática despedida de Leo Messi merece una reflexión crítica.

En efecto, el argentino no ha dejado de pregonar entre lágrimas que su deseo personal y familiar habría sido concluir su carrera profesional en la institución que se lo ha dado todo desde su adolescencia. El Barcelona era su equipo, Barcelona era su ciudad, y los barcelonistas lo adoraban como a un semidiós. Incluso el club había logrado fichar a su buen amigo el Kun Agüero, con el objetivo nada disimulado de tener contento a su ídolo. Según ha trascendido, el jugador más codiciado del planeta había aceptado una reducción en su ficha para seguir en la Ciudad Condal, pero no era suficiente para cuadrar las cuentas. Frente a la precariedad económica barcelonista, Nasser Al-Khelaïfi ha podido tirar de talonario para hacerse con sus servicios (50 millones limpios, entre fijo y variables), como guinda para su proyecto galáctico en el Paris Saint-Germain.

Si ponemos el foco en el historial financiero de nuestro protagonista, hace años que el rosarino no tiene problemas para pagar el recibo de la luz, con unas mareantes cifras de ingresos derivados de su ficha, patrocinios, negocios de hostelería, inversiones inmobiliarias… Según publicó la revista Forbes en 2020, sus ingresos anuales superaron los 70 millones de euros, y los cálculos más conservadores hablan de un patrimonio acumulado que ronda los 300 MEUR, un montante que requeriría una docena de reencarnaciones para ser gastado por el dilapidador más pródigo. Cruzando toda esta información, a algunos ingenuos nos resulta sorprendente la lacrimógena rueda de prensa del otro día, protagonizada por un archimillonario que dice tener que abandonar el club de su vida porque, en el fondo, la cantidad que podría pagarle está por debajo de sus mínimos.

Estos días me ha venido recurrentemente a la cabeza un caso que demuestra que no todos los jugadores toman sus decisiones profesionales con los mismos criterios. Corría el año 2008 y el Athletic de Bilbao vivía unos años complicados, tanto a nivel institucional como deportivo. Las arcas del club no estaban precisamente boyantes y tocaba negociar el último contrato en la carrera deportiva de Joseba Etxeberria, jugador emblemático de la escuadra vizcaína, 53 veces internacional con la selección española, y Bota de Oro en el Mundial sub20 de 1995. Consciente del esfuerzo económico que suponía su renovación en aquel difícil contexto, el guipuzcoano tomó una decisión inédita: disputar una última temporada completamente gratis. Según sus propias palabras, se trataba de “un gesto para agradecer el cariño recibido durante tantos años en el Athletic. Las gracias las tengo que dar yo al club”.

¿Qué impacto real habría tenido en la economía personal de Leo Messi haber permanecido las dos últimas temporadas de su carrera en el FCB a cambio de una cantidad simbólica? ¿Qué compromiso emocional demuestra quien lo tiene todo y abandona a la deriva el escudo de sus amores, en un momento especialmente crítico, por una cuestión estrictamente salarial? ¿Cuánto más dinero necesita tener el argentino en el banco? ¿Le compensaba dinamitar la trayectoria vital de su familia? ¿Qué escala de valores puede haber detrás de una decisión así? Un gesto como el de Etxeberria habría convertido a Messi en la leyenda definitiva del fútbol mundial, no sólo desde una perspectiva deportiva sino también humana. Le habrían dedicado una plaza en cada pueblo de Catalunya. Desgraciadamente, decisiones de esta envergadura sólo caben en la cabeza y el corazón de personas con una grandeza excepcional que va más allá de lo estrictamente futbolístico.

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