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La herencia del ministro

El día que en el Gobierno se den cuenta de que lo de Catalunya va en serio será demasiado tarde

J.Moya - Angeler

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La sombra del exministro Fernández Díaz es alargada, como la del ciprés. Él ya no está, pero su estilo tiene adeptos. Ya se sabe, viene de aquel viejo adagio: ‘difama que algo queda’. Lo acabamos de ver en el puerto de Barcelona.

La historia, mirada con suave atención, es escalofriante: nada menos que doscientos guardias civiles (tuvieron que llamar a algunos de fuera del país porque aquí no había suficientes) con perros tomaron las oficinas del puerto de Barcelona y se pasaron doce horas recogiendo papeles y datos. El director del puerto fue detenido doce horas, porque decir ‘retenido’ es una argucia para ocultar una detención. Todo, como es habitual, bien público. Es más, provocando a los medios de comunicación para que asistieran a la escena y mojaran pan. Muchos medios se frotaron las manos. Es la guerra, dicen algunos.

Doce horas después, dejaron en libertad al director que tuvo la buena fe de morderse la lengua. No hallaron ningún indicio de delito. En doce horas sólo les faltó mirar debajo de las baldosas. ¿Qué indicios razonables había para este atropello? ¿Por qué acudió la Guardia Civil con perros? ¿Buscaban drogas, explosivos o jamones? ¿Tan peligroso es el señor Sixte Cambra, que salió por la puerta sin habérsele hallado nada? ¿Por qué iban armados?

El calendario no engañaba: faltaban tres días para que Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau compadezcan ante un tribunal por haber hecho algo que dos millones y medio de catalanes refrendaron: poner unas urnas para saber qué opinaba el país. Hechos así, al estilo Fernández Díaz (’tú dame una historia, que ya le diré al fiscal que encuentre motivos de acusación’), ya los vimos antes de las anteriores elecciones municipales, cuando se acusó falsamente a Xavier Trias de tener cuentas en Suiza. Cuando los bancos suizos lo negaron por escrito, el daño ya estaba hecho. Cuando dejaron a Sixte Cambra en libertad, el daño ya estaba hecho. Cuando se acusó a Artur Mas de evadir divisas y se demostró que era falso, el daño ya estaba hecho.

Dos ideas de esta historia irritan a la gente sensata y honrada: ¿Por qué los medios de comunicación entran al trapo a sabiendas de quien lo emite tiene una muy relativa credibilidad? ¿Cuándo actuará con inteligencia el Gobierno central?

A la primera pregunta, la respuesta es doble: o se busca el sensacionalismo o se sigue la guerra de trincheras por la que han tomado partido y apuestan. A la segunda pregunta, la respuesta podría ser cruel diciendo que d’allà on no n’hi ha, no en pot rajar. Pero el problema es quizás de fondo: esa actitud centralista y todopoderosista basada en ‘el Estado somos todos, pero decidimos nosotros’, unida a un desprecio hacia la llamada periferia (aquel viejo estilo que hizo llamar ‘bonzos incordiantes’ a los sacerdotes que pedían más libertades en los años 70).

Desde Catalunya, ya se ha dicho que no hay inconveniente en hacer un referéndum a nivel estatal para saber la opinión de ‘todos los españoles’ sobre Catalunya. Un referéndum que tendría unos resultados concretos en Catalunya. Ignoro cuáles. Pero podrían dar la medida del estado de opinión entre los catalanes. Sin embargo, esta solución ha sido vetada también. De momento, la colección de vetos a propuestas catalanas es superior al número de guardias civiles y perros que se envían al puerto de Barcelona. ¿En qué consistiría entonces el ofrecimiento de diálogo? Ya lo ha dicho Rajoy –o se le ha escapado– en hablar de inversiones.

Me pregunto si sería de fiar un pacto de inversiones si las mínimas que anuncia el Ministerio de Fomento y se presupuestan, luego no alcanzan el veinte por ciento de realización. ¿Sabe el lector en qué ha consistido el reforzamiento de la red ferroviaria de cercanías? ¡En enviar a Catalunya trenes y vagones viejos de otras zonas de España! Definitivamente, lo que Catalunya pide y necesita no son pactos de inversiones. Por cierto, Rajoy también ha negado (en la Cope) un concierto económico que, como el de los vascos, de inconstitucional no tiene nada.

El día que en el Gobierno central se den cuenta de que ‘lo de Catalunya’ va en serio, será demasiado tarde. Mientras, a recolectar guardias civiles hasta llegar a doscientos y enviarlos con perros de presa a revolver durante una jornada papeles y no hallar ni una mota de polvo. No vamos bien, no vamos bien. O como dijo Ortega, «no es eso, no es eso».

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