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La iconografía de la violencia

¿Qué estímulos de otra índole, que compensen la iconografía de violencia cruda, vienen recibiendo nuestros niños?
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¿Qué estímulos de otra índole, que compensen la iconografía de violencia cruda, vienen recibiendo nuestros niños? Es pronto, demasiado pronto, para aventurar siquiera una hipótesis seria sobre las causas de la tragedia. Los periodistas han hablado con los compañeros de clase del joven homicida, y han sacado informaciones como que el chaval, encerrado a estas horas en un pabellón psiquiátrico, llevaba días amenazando con matar a los profesores, aunque todos creían que era una broma. También refieren que era un fanático de series televisivas como The Walking Dead; ya saben, esa en la que los protagonistas se pasean entre muertos vivientes a los que con regularidad abaten, mutilan o golpean con objetos punzantes o contundentes.

En términos de probabilidad, todo apunta a un trastorno mental, subyacente o sobrevenido, diagnosticado o no, pero el hecho cierto es que esos detalles que van emergiendo, así como lo desdichado del suceso, con la muerte absurda de alguien que tenía toda la vida por delante, proyectan sobre el ánimo sombras inquietantes que tampoco cabe rehuir.

Nuestros niños de trece años conforman su sensibilidad y su visión del mundo, entre otros estímulos, con series de zombis cuyos protagonistas han de optar por comportarse como liquidadores sanguinarios para sobrevivir. No vamos ahora a hacer una censura moral, ni siquiera social o pedagógica de esa clase de series, que aparte de una ficción son legítima expresión de la libertad de creación de sus artífices.

La cuestión es qué contrapesos, es decir, qué estímulos de otra índole, que compensen la iconografía de violencia cruda y la ética primaria de la supervivencia en condiciones semibestiales, vienen recibiendo nuestros niños. Y sobre todo, y quizá aquí se halle el meollo del asunto, si esos otros mensajes están tan bien urdidos como la ficción televisiva (o los videojuegos de tiros), o por el contrario se despachan con la precariedad y la inercia de un sistema que parece renunciar a formar ciudadanos conscientes y sensibles. Una pregunta, cuando menos, incómoda.

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