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La indignidad del hambre

Luis Álvarez de Vilallonga

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El fenómeno de las hambrunas es tan antiguo como el hombre; ya la Sagrada Biblia en el segundo libro del Pentateuco nos relata las plagas sufridas por israelitas y egipcios. Hoy en el siglo XXI continúa el oprobio de una situación que el hombre no ha sido incapaz de resolver por mor de la desigualdad entre los siete mil millones de habitantes que pueblan el planeta, de los que tres mil millones viven en la pobreza o en su umbral.

Se trata pues de afrontar dos cuestiones, una la producción de alimentos y otra su distribución, añadiendo el alarmante crecimiento de la población mundial.

Hoy por hoy, especialistas como Cormac ó Grada, o Günther Bauer alertan de que la situación empieza a ser alarmante; solo en el mundo occidental, considerando los países desarrollados, el precio de los alimentos genera un problema para muchas familias que viven en una considerable precariedad de medios económicos y se ven incapacitadas para adquirir siquiera alimentos básicos; solo hace falta observar a las personas que acuden semanalmente a las Cáritas parroquiales en busca de suministros, y nos referimos a familias normales con hijos, que han perdido el empleo y el subsidio de paro no alcanza sus necesidades; si a esto añadimos un goteo constante de inmigrantes, transeúntes y desheredados de la vida, nos situamos ante un panorama desolador.

Por el contrario uno ve con indignación la pérdida de infinidad de alimentos que terminan en vertederos por exceso de oferta en la sociedad de consumo, y el despilfarro de aquellos que hacen acopio estando saciados y no valoran el despendio moral que supone dejar comida «en el plato».

Por otra parte, las remesas de productos alimentarios que vergonzosamente son desechados por fecha de caducidad nos indignan, y que bien gestionados podrían haber solucionado el sustento de muchas familias. Es el inmisericorde rodillo de la burocracia que entorpece, cuando no imposibilita, de forma irracional, que la ayuda llegue de forma inmediata a los que verdaderamente la necesitan.

El mundo rico hace previsiones y valora las consecuencias, a nivel global, que puedan derivarse de la falta de alimentos para los más desfavorecidos que forman parte de la sociedad de los países desarrollados; sin embargo, el verdadero drama se vive en los países del tercer mundo en desarrollo, donde las guerras, las dictaduras y las persecuciones étnicas, políticas y religiosas producen migraciones masivas hacia una Europa que se ve incapaz de absorber, y que preocupan por lo que puedan afectar a la población incardinada de cada Estado de la UE que no contaba con un fenómeno migratorio a tan gran escala.

Por otra parte, si la población mundial sigue aumentando, es posible que en 25 o 30 años nos situemos en nueve mil millones de habitantes, lo que necesariamente deberá provocar un cambio sustancial en la producción de alimentos, condicionado por las alteraciones climáticas que afectaran de forma incuestionable a las cosechas agrícolas, y en ese sentido el cambio climático acrecentaría el desplazamiento masivo de gente procedente de regiones donde la sequía imposibilitaría producir alimentos básicos suficientes; sin embargo hay quien apuesta por soluciones tecnológicas para una nueva era de producción alimentaria.

Hoy, casi ya no nos conmueve, a costa de ver día tras día imágenes de precarias embarcaciones que consiguen alcanzar la isla de Lampedusa o las costas de Sicilia dejando decenas de cadáveres en un Mediterráneo convertido en cementerio de hombres, mujeres y niños que, presas de las mafias arriesgan sus vidas para sobrevivir.

Son los miles de inmigrantes procedentes del África subsahariana, Siria, Libia y otros lugares que huyen de la miseria y del Estado Islámico.

Pero la catástrofe humanitaria producida por el hambre y la imposibilidad de acceder a una vida digna podría producirse en el hemisferio sur del planeta, donde la falta de recursos y el crecimiento demográfico jugarían un papel mortal. El reto de los países desarrollados es hallar la fórmula viable y sostenible para librar al mundo de la pobreza extrema y el hambre.

Estoy seguro que podría llegarse a un consenso, a una solución técnica en cuanto al sustento del género humano a través de la evolución científica y sintética alimentaria, que probablemente no tardará en llegar; pero la verdadera la espada de Damocles se encuentra en los principios morales e ideológicos de los políticos que aboguen por el derecho de todos los seres humanos al acceso a los alimentos y en consecuencia aboguen por políticas de consenso moral por encima de postulados ideológicos, del lucro de mercados, y del control industrial y competente sobre materias primas.

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