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La lección de Merkel

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Merkel se había convertido en una reaccionaria impenitente para todo el progresismo occidental por su manera de afrontar la grave crisis económica que venimos de padecer y que todavía colea en amplios sectores sociales. En efecto, desenfundó sus principios económicos ultraliberales y promovió una cruel consolidación fiscal en un plazo innecesariamente corto que ha dejado en precario los estados de bienestar europeos, ha incrementado la desigualdad y ha llevado a la pobreza a buena parte de las clases medias. Este juicio es objetivo, y difícilmente podrá cambiarse en los anales de la historia. Pero no se le puede negar a la canciller de Alemania el mérito de haber abierto la Unión Europea, con criterios humanitarios impecables, al Tercer Mundo que se desangra en los países de Asia Menor y otros lugares. Su generosa acogida a los cientos de miles de peticionarios de asilo que han llegado y siguen llegando a las puertas de la Unión ha desmantelado la resistencia de los demás países -España entre ellos, por parte del Gobierno, ya que Ayuntamientos como Tarragona y Reus han dado una lección-, países remisos a abrir puertas, y ha introducido cambios trascendentales en la escala de valores de la fortaleza europea, reconcentrada e inexpugnable. No es extemporánea por tanto la petición que ha hecho el periódico francés Le Monde del Nobel de la Paz para Merkel. Abrir Europa a la solidaridad no es ni mucho menos una proeza menor.

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