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La lección del Lora

Los castillos de origen militar pasaron a ser palacios, para desterrar los restos medievales

Josep Moya-Angeler

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La lección del Lora

La lección del Lora

No hay grandes viajes, sino grandes viajeros. En el Valle del Loira, en los primeros días de invierno, doy con buenos viajeros que se miran a los grandes, maravillosos, castillos de una manera diferente. Porque les gusta viajar, han elegido los días en que casi nadie transita esta ruta. Los encuentro tomando un té pacíficamente en Chaumont, cenando en el castillo de Arigny (ahora un hotel maravilloso) o desayunando en el chateau de Arpentis, convertido en un hotel único en el mundo.

Las conversaciones giran en torno al deseo de aprender de quienes hicieron estos castillos. Y la conclusión –al cabo de una semana y media– es aplastante: la mentalidad de quienes abrieron el Renacimiento (François I ante todo) era muy moderna, más moderna quizás que la de muchos grandes políticos actuales. Evidentemente, muy por encima de la media española.

Primera lección: reyes y nobles de la época estaban abiertos a nuevas ideas, a la renovación del mundo; toda una revolución que tiene su símbolo en la contratación de Leonardo da Vinci, que vivió sus últimos años en el Clos Lucé de la ciudad de Amboise. El rey que lo atrajo, François I, sólo le pidió poder hablar con él un rato cada día. Lección de humildad. Una situación fascinante. Y Leonardo no sólo ofreció inventos que facilitaran una vida más confortable, sino también elementos de cultura e incluso de entretenimiento. Sin cultura no hay progreso, por eso Leonardo fue invitado a vivir en Francia. Como detalle, se llevó a su nueva residencia a la Monna Lisa, el cuadro que pasaba a ser el eje de la cultura occidental, y sigue siéndolo.

Segunda lección: François I quiere modernizar al país y, muy especialmente, sus instituciones. Esa será su huella más trascendente. Como Napoleón un siglo después, abre la puerta al progreso, porque entiende, al igual que el de Bonaparte, que lo quedará para la historia no serán sus batallas. Cada vez que un niño es curado en cualquier lugar del mundo en un hospital infantil, lo será gracias a la visión social de Napoleón. Y cada vez que admiramos los castillos del Loira, hemos de ver en ellos el símbolo de un político que crea instituciones sólidas para que el país prospere y la sociedad avance con nuevas formas de vivir. Fueron ellos quienes hicieron, por ejemplo, que el agua pasara de ser un elemento militar defensivo a un elemento vital e incluso de recreo.

Otra de sus lecciones es que los castillos de origen militar pasaron a constituirse en palacios, para desterrar de su cultura, definitivamente, los restos medievales. De la brutalidad de las guerras (que persistieron, pero bajo otros criterios) se pasa al refinamiento. La intriga, los matrimonios por intereses y las ciencias se abren paso. Y, lo que es más importante, estas construcciones que dan solidez al Estado, son financiadas por las grandes familias francesas; dicho de otro modo, son los ricos los que más contribuyen a que el Estado sea fuerte y sólido, pues es lo que garantizará la paz bélica y la paz social, al menos hasta que llegue la Revolución Francesa.

Ha sido la Unesco quien ha dicho: «el paisaje del valle del Loira y sus monumentos culturales son la ilustración, de altísimo nivel, de la influencia de los ideales del Renacimiento y del Siglo de las Luces sobre el pensamiento y la creación en la Europa Occidental». Es decir, que esos castillos son un foco dinamizador y un bien cultural.

Ver el festival de torres danzando por los techos del castillo de Chambord, con su doble escalera helicoidal inspirada en Leonardo, o el perfecto ordenamiento de las líneas de Cheverny (que inspiró el castillo del capitán Haddock en las aventuras de Tintín), o cómo Diana de Potiers –amante de Enrique II– y Catalina de Médicis –la esposa del mismo Enrique II– rivalizaron en favorecer a la intelectualidad y artistas de la época, o cómo en Chenonceau se construyó parte del palacio sobre el mismísimo río Cher, produce una impresión chocante: los castillos, o más bien los palacios, fueron una fuente de irradiación de cultura y pensamiento, e incluso una manera festiva de ver sorprendentemente positiva la vida entre guerras.

En teoría, somos hijos de la Revolución Francesa, como también las nuevas generaciones lo son de la revolución industrial; pero hay antes una primera revolución que moderniza al mundo: el Renacimiento. Y todo ello aparece con todo su esplendor en Blois, en Chaumont, en Amboise y en docenas de castillos que, es cierto, ofrecen una imagen arquitectónica de bellas postales, pero guardan un tesoro fabuloso que hemos heredado y que nuestra clase dirigente apenas aprecia, embebida en la brutalidad de la actual política española.

Sí, deberíamos todos peregrinar al valle del Loira y regresar transformados para transformar nuestra vida en común. Es tan importante como visitar SilliconValley. Es la revolución pendiente de nuestra sociedad porque nos ha mostrado que sin una voluntad política de avanzar, hay desesperanza, eso que tanto cunde entre nosotros y que parece que quiere marcar este neonato 2016.

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