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¿La maté porque era mía?

La sociedad, al atribuir la violencia a la enfermedad ya no nos sentimos interpelados, aludidos
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El sangrante y doloroso tema de la violencia de género, -o violencia doméstica según otros- constituye una auténtica tragedia cotidiana cuya reiteración la dota de un lamentable carácter de verdadera pesadilla, que se repite una y otra vez, y de la que al parecer resulta difícil salir. Tema duro donde los haya, tanto por los aspectos cualitativos – vejaciones, maltrato y, demasiadas veces, muerte de la mujer con implicación de los hijos si los hay-, como por la dimensión cuantitativa: anualmente, como mínimo, muere en España una mujer por semana, algunos años más. ¿Qué se puede hacer ante tanto horror cotidiano? No parece que tenga una fácil solución. Por el contrario, estudios recientes señalan que todavía hoy, los varones adolescentes y los jóvenes mantienen opiniones y valores claramente machistas en relación a las mujeres. Procedemos de una cultura patriarcal profundamente arraigada que dificulta mucho el cambio del “chip”.

Para el profesor Rojas Marcos, aunque los orígenes del sometimiento de la mujer al hombre no están muy claros, un acontecimiento muy influyente fue la aparición de las grandes religiones monoteístas que identificaban a un dios masculino, hace unos tres milenios. Desde entonces, la discriminación y la opresión de la mujer ha sido ignorada y justificada por doctrinas religiosas, teorías filosóficas y normas sociales. Según Rojas, desde el relato del Génesis en el que Dios subordinó la creación de la primera mujer a la necesidad de compañía del hombre, “en el mundo de la filosofía, el mismo Aristóteles afirmaba en su obra “De Generatione Animalium” que las mujeres eran “hombres mutilados”, seres con muy poca capacidad para razonar”. Sorprende al profesor Rojas que estas absurdas creencias primitivas “no fuesen desmanteladas por científicos posteriores –como por ejemplo, Galeno, Bacon, Descartes, Pascal, Newton, Darwin, Freud o Einstein- que iluminaron tantas leyes del Universo”.

Como afirma la antropóloga Montserrat García: “Los hombres construyen la sociedad, el poder, se rebelan, emigran, filosofan, crean arte. En el Génesis, la mujer es el demonio, la serpiente, la “manzana”. Por ella son castigados a ganarse el pan –“producción”- y a parir con dolor –“reproducción”-.Todo lo cual no justifica ni explica, per se, la existencia del maltratador. Uno de los factores que con mayor probabilidad posibilita la aparición de éste es el haber crecido en un hogar maltratador. Según los expertos, este factor es el que da lugar en los hombres a “aprender” la conducta activa de maltratador y en las mujeres que han presenciado de niñas el maltrato, a asumir como “normal” ese tipo de relación hombre-mujer, así como la actitud de sumisión pasiva y baja autoestima de las víctimas de maltrato que, como se ha podido comprobar, en ocasiones llegan a interceder ante los jueces a favor de sus verdugos, retirando las denuncias. Hay autores que encuentran cierto paralelismo con el lavado de cerebro, o con el síndrome de Estocolmo.

La violencia está inscrita en el ADN de la sociedad, y algunas veces la consideramos útil cuando la sublimamos en forma de agresividad. Pero en muchas ocasiones produce tal desazón enfrentarse a ella, que no sabemos cómo manejarla, interpretarla, racionalizarla. Todos llevamos dentro un depredador que tal vez sólo necesita las condiciones propicias para “sacarlo a pasear”.

Cuando los medios de masas nos meten por los ojos, lamentablemente un día sí y otro también, las “hazañas” del último maltratador, del último violador, del último asesino, no sabemos si el horror y el asco que sentimos es porque tememos que también alguien de los nuestros pueda ser la próxima víctima, o porque algo nos dice que quizás podríamos ser nosotros el próximo verdugo. Después de todo, semejantes monstruos son gente “normal”. Pueden ser nuestro vecino del rellano, nuestro compañero de trabajo, nuestro…; como decía un chiste del Roto, y según afirman todos los testigos entrevistados en la tele, “el asesino parecía una bellísima persona”. ¡Vaya! como usted, como yo.

Una forma de manejar la violencia es expulsarla hacia las tinieblas exteriores, hacia “el otro”. La sociedad, al atribuir la violencia a la enfermedad, a la pobreza, a la cultura, la redefine simbólicamente y todos nos quedamos más a gusto, ya no nos sentimos interpelados, aludidos: ¡Ah!, la violencia es del “otro”, del “loco”, del “pobre”, “es propia de su cultura”! Y ya nos quedamos más tranquilos, ya no va con nosotros. La violencia, como el infierno de Sartre, son los “otros”. Y el año que viene celebraremos de nuevo el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo, si Dios quiere.

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