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La muerte de un león

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El pasado día 1 de julio, Cecil, un magnífico león de melena negra que vivía en el parque nacional de Hwange, en Zimbabue, fue abatido por un cazador aficionado y, tras ser oportunamente degollado y desollado (la piel y la cabeza son las partes que interesan como trofeo), el resto de su cuerpo quedó abandonado al sol para pudrirse. Y entonces se desataron los infiernos.

Cecil era un león particularmente conocido en dicho parque nacional y, junto con el resto de la fauna, un incentivo para la visita de numerosos turistas, cuyos gastos contribuyen a mantener la economía de la zona. Además está el modo particularmente turbio en que fue cazado. Al parecer, unos guías locales ataron el cadáver de un animal a un coche y con tal cebo atrajeron al león fuera de los límites del parque nacional hasta la granja de uno de ellos donde esperaba el cazador con una ballesta. La flecha hirió al león pero tuvo que ser rastreado durante casi dos días para finalmente ser rematado de un tiro. El precio pagado por el cazador a sus guías fue de 55.000 dólares.

Inicialmente se pensó que el cazador era de nacionalidad española (la propia TVE tuvo que desmentirlo). Pero no, la persona en cuestión era norteamericana, un dentista de Minnesota llamado Walter J. Palmer, que ya había sido condenado en el año 2008 por haber matado ilícitamente en su país un oso negro.

Pero antes de entrar en las interesantes repercusiones de este caso debemos preguntarnos por qué dicha cacería ha producido tal grito de protesta, por qué tantas personas se han sentido íntimamente concernidas.

La respuesta es la palabra biofilia, popularizada por el biólogo de Harvard Edward O. Wilson, quien la define como la afinidad innata que tenemos los seres humanos por otras formas de vida, una afinidad que, según las circunstancias, nos produce placer, admiración, ternura o una fascinación mezclada con rechazo (como ocurre con las serpientes, que tememos pero nos atraen, y por ello aparecen repetidamente en nuestros sueños y en nuestros mitos, empezando por aquella que tienta a Eva en el Paraíso).

Ilustraremos el concepto con un ejemplo. En efecto, yo supongo que jamás veré al animal más grande que jamás haya existido, la ballena azul, o al bello tigre siberiano, de denso pelaje y cuerpo poderoso. Y, sin embargo, saber que existen en algún lugar del planeta me produce una sensación de placer. Ni mis ingresos ni mi vida afectiva ni mis problemas cotidianos dependen en lo más mínimo de ellos, pero reconozco que si leyera un titular que dijera: ‘el último tigre de Siberia ha muerto’, me produciría una íntima tristeza: eso es biofilia.

Wilson considera que esa afinidad que he descrito forma parte de nuestra naturaleza humana y, aunque no está todavía probado, considera que tal impulso tiene una base genética.

De modo que, en un universo poblado por miles de millones de bolas de gas (no son otra cosa las estrellas) y de planetas inertes, nos acercamos a la vida, disfrutamos de sus manifestaciones, nos sentimos acompañados por los restantes seres que comparten con nosotros el privilegio de vivir y la certeza de la muerte. Ahí tenemos otro de los fundamentos de la ética conservacionista.

Pero volvamos ahora a nuestro dentista de Minnesota, a quien se le está complicando el asunto, quizás de modo desmesurado.

De entrada, está la persecución personal. El señor Palmer, que actualmente está desaparecido y tiene su consulta cerrada, se ha apresurado a emitir un comunicado manifestando que lo siente. No basta. LionAid, una ONG británica, ya ha pedido a la American Dental Association que expulsen a Palmer y además, vía Twitter, se han convocado protestas ante su clínica dental (New York Times, 29/7/15).

Ahí no terminan sus malas noticias. Según informa El País 1/8/15 el ministro de Medio Ambiente de Zimbabue ha anunciado que la Fiscalía ha pedido a Estados Unidos la extradición de Walter Palmer. Los compatriotas de éste no parecen apoyarle, ya que más de 160.000 personas han firmado una petición en la web de la Casa Blanca instando al Gobierno estadounidense para que autorice la extradición.

En este contexto, el día 23 de julio la Asamblea General de Naciones Unidas adoptó una resolución encaminada a propiciar un esfuerzo global para impedir la caza furtiva y el comercio ilegal de la vida salvaje y sus productos.

Procede ahora diferenciar entre la caza legal y la caza furtiva. Los defensores de la caza legal, incluidos algunos conservacionistas, sostienen que las elevadas tasas que pagan los cazadores de caza mayor y demás gastos conexos con los safaris subvencionan los esfuerzos dirigidos a proteger los espacios y las especies protegidas. Sin embargo, el problema es que en los países donde se encuentran las especies más apetecibles abunda la corrupción (como vemos en el caso del león Cecil), y, además, las leyes de protección de la fauna, si existen, se incumplen con frecuencia. Y simultáneamente está la plaga del furtivismo, responsable cada año de la muerte de más de 35.000 elefantes (datos de la Wildlife Conservation Society), o del casi exterminio de las cinco especies de rinoceronte existentes (recordemos que el gramo de cuerno de rinoceronte es más caro que el gramo de oro).

Los problemas apuntados son ciertos, pero, retomando la situación del señor Palmer, hemos de hacer una llamada al equilibrio. No olvidemos que las jaurías pueden estar compuestas de lobos, pero también de seres humanos.

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