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La odisea de Nada

Juan Ballester

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Hay una canción de Silvio Rodríguez en la que pregunta a sus compañeros músicos y poetas cómo componer los versos de un barco con unos jóvenes que sucumbieron en una playa del sur de Cuba... Y tomando en cuenta los últimos sucesos acaecidos con los refugiados sirios e iraquís, quisiera usar la partitura para, con unos cuantos arreglos, musicalizar el drama sin hacer un panfleto.

Pues todavía hay muchas buenas personas quienes, a pesar de que lo vieron ayer en el telediario y lo verán mañana, se conmueven con los cuerpos yertos de los niños tendidos en esa franja de arena y rocas en donde el mar arroja sus despojos.

Compañeros poetas, cuando hace quince años comenzó la gran migración de los subsaharianos me hallaba en las playas de Senegal frente a esos cayucos gigantes varados, y escuché a jóvenes con cara y ojos expresar sus temores sobre si zarpar hacia la tierra prometida sabiendo que en Canarias comenzaban a aparecer escualos con restos humanos.

Y hace veinte intenté reflejar en un artículo la locura que llegaron a sufrir los balseros cubanos lanzándose desde el malecón con cualquier objeto flotante para intentar alcanzar las costas de Florida. Elián, el héroe contaba la historia de un niño al que su madre y su padrastro embarcaron por una derrota que llevaba a la muerte, pero que increíblemente salvó la vida en un flotador rodeado de delfines que espantaron a los tiburones.

Compañeros de música –dice la segunda estrofa–, tomando en cuenta esas politonales y audaces canciones que tararean los gobernantes para cerrar fronteras y advertir del peligro de dar amparo a quienes huyen del hambre y la guerra aduciendo razones económicas y demográficas, quisiera preguntar cómo medir la métrica del poema teniendo en cuenta que sólo en la segunda quincena del mes pasado se han ahogado en las islas traidoras –Farmakonisi, Lesbos o Kos– al menos sesenta niños, y hemos visto a padres llorarlos mientras los rescataban ateridos.

Qué tipo de armonía debemos de usar para resolver el dilema al que nos enfrentamos en cada comida y cena, que se balancea entre la obligación de los hombres de proteger a sus familias y alejarlas de «un vecindario de Bagdag que es un siquiátrico a cielo abierto», y el deber de las sociedades modernas de defender su estado del bienestar y su propia seguridad. Siendo que una conocida mía a la que no le sobra de nada, emocionada ante estas leyendas épicas que remueven conciencias, me consulta si abrir la puerta de su hogar para acoger a alguna de esas familias.

Compañeros de historia, teniendo en cuenta que la verdad debe ser tan implacable como el rigor mortis, quisiera preguntar qué tipo de adjetivos se deben de usar si alguien busca comida y después da la vida. ¿Qué hacer? Y lo que debemos procurar es echar una mano si puedes permitírtelo, y esperar a que resuelvan esta locura tratándola como un tema ético y no político.

Me refiero a dejarlo negro sobre azul sin que se haga sentimental con la doble tristeza que producen los ataúdes blancos –el de la muerte y el la de la vida truncada–, y la triple que provocan los plásticos con los que tapan los cadáveres cuando te enteras de que muchos, como Nada, fueron embarcados sin sus padres que se quedaron empeñados en Turquía para abonar su pasaje.

Entretanto, lo mejor para anestesiarse, no es humanizar delfines, sino embrutecer personas, y pensar que los asirios, árabes, kurdos, armenios y cristianos que ejercen su derecho humano a circular libremente, sólo son ñus galopando por praderas africanas en busca de pastos, a los que no conviene colocar alambradas que faciliten la labor de las hienas que, según informo Europol, roban niños por miles.

La historia de Elián el héroe, tuvo un final feliz y el interés humano de ese símbolo de los balseros cubanos dejó el sabor del triunfo de Ulises ante la adversidad. Porque la historia de una buena parte de esos hombres y mujeres de poca niñez se desvaneció como estelas en el mar Caribe.

Las crónicas de Hala, Samir, Ahmad, Alyn o la pequeña Nada nunca las conoceremos, nadie podrá saber qué aprendieron en aquel último viaje por el mismo mar Egeo en el que se desarrolla esta última odisea moderna: Si Circe advirtió a la niña siria de que se taponara los oídos para no escuchar el canto de las sirenas, o siguió los consejos de Eolo de no abrir esa bolsa con los vientos.

Así que, como sucede en esos programas que emiten imágenes sin sonido, no hacen falta poemas o artículos, basta con esta canción de cuna que hemos compuesto para Nada, y que no termina fotografiada con sus amigas en la portada de la revista del colegio sino cruzándose con Agamenón en el reino de Hades.

El tema de Silvio Rodríguez concluye pidiendo que sean los hombres de la playa quienes escriban la historia para que nuestra hipocresía no alimente relatos imaginarios que no merezcan nuestra atención.

Como el del cineasta iraquí asilado en Noruega, Hassan Blasim, para quien escribir sólo es un pulmón más, y nos cuenta que los refugiados tienen dos historias, «las que quedan inscritas en la oficina para obtener el asilo, y la otra, la real, que guardan en sus corazones».

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