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La parte que nos toca

Los futuros habitantes de este planeta serán cabezones y verdes
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Una vez hechas las cuentas por los que parten y reparten, sabemos que tenemos que acoger a 14.931, ni uno más por obligación, pero muchos más si se sigue desbordando nuestro abundante corazón. La fotografía de ese niño ahogado en la orilla ha hecho cierta esa divulgada pamplina de que una imagen vale más que mil palabras, sin considerar quienes las pronuncian. Desde Sócrates a Cristo, todos los cambios trascendentales se han producido por medio de la palabra, transmitida y en ocasiones falsificadas. No escribieron nada, salvo la célebre parrafada en la arena, y confiaron en sus discípulos, lo que siempre es un riesgo, pero ahora ha bastado una fotografía para que todos veamos más claro lo que era transparente. Europa tendrá que acoger a 120.000 refugiados y todo son discursos, a cual más emotivo, hasta que habiten entre nosotros y empiece el reparto. Incluida la distribución de lo que no hay.

El problema mayor es que Oriente Próximo cada vez está más próximo y Siria y Libia se han vuelto vecinos. El mundo es un pañuelo que unos se anudan a la cabeza y otros se echan por la cara para no ver. El éxodo que está determinado esta guerra ha metido al mapamundi en una coctelera y a cada uno nos toca nuestro vaso de lágrimas. Es muy mezquino decir eso de «gracias, yo no bebo». Hace mucho tiempo que Teilhard de Chardin, que supo conjugar a Ignacio de Loyola con Darwin, ya que era eso tan raro como un antropólogo creyente, se hizo darwiniano por leer El origen de las especies y Descendencia del hombre.

Los futuros habitantes de este planeta llegarán a la antropogénesis final. Serán cabezones y medio verdes, como los tebeos pintan a los marcianos. Todas esas sabias conjeturas dependen de que no haya una nueva guerra mundial, que según Einstein se llevará a cabo con piedras. De momento, lo único que sabemos es que los hijos de los refugiados tendrán sangre española.

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