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La pregunta del referéndum

Cada persona, cada pueblo, cada nación debe decidir por sí misma qué quiere ser

J.Moya - Angeler

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S i hubiera un referéndum en Catalunya, ¿qué pregunta se formularía a la población? Puigdemont ya ha avanzado una idea: ¿Desea usted que Catalunya siga formando parte del Estado español? Parece una pésima pregunta por dos motivos. El primero es que es una pregunta que va contra los intereses de los nacionalistas catalanes, porque es sabido –así lo dice la Sociología– que toda pregunta tiende a ser respondida positivamente. Es decir, en este caso con un «sí» a pertenecer al Estado español.

Las preguntas llevan siempre encerrada una parte de la respuesta. Eso también lo saben los sociólogos. Y ahí están las llamadas «preguntas retóricas», de las cuales todo el mundo sabe la respuesta, que es obvia, pero que sirven para reafirmar una idea.

El discurso de Marco Antonio al pueblo romano tras la muerte de César, escrito por Shakespeare en su dramatización posterior, es un claro ejemplo de manipulación de la plebe a base de preguntas retóricas. Un fragmento genial de la literatura de todos los tiempos.

La segunda razón por la que Puigdemont –que no es sociólogo ni tiene por qué serlo ni saber de preguntas públicas– no debiera formular esta pregunta es porque la cuestión a plantear no debiera atacar al Estado español. Es decir, no se puede preguntar, indirectamente, si se desea desmembrar el Estado. Esta pregunta correspondería más a los nacionalistas españoles.

Dicho de otra manera: la pregunta debiera afectar a un futuro prometedor de Catalunya (aunque el precio sea abandonar el Estado actual), una pregunta sublimadora, que así es como se le llama técnicamente. Es decir, una formulación que genere entusiasmo, que avance algo prometedor y atractivo. Y aquí la palabra «independencia» jugaría un buen papel, puesto que puede ser equiparada a progreso, reducción de problemas económicos, mayor identidad, más eficaz identificación con el resto de Europa y otros atributos. Sublimación en estado puro.

Como ya he planteado otras veces, fue Alejo Carpentier –cubano de madre francesa– quien dijo aquello de que «todo futuro es fabuloso», porque uno tiene plena libertad para dibujarlo de forma prometedora. Y a lo que Catalunya se aboca con su proceso independentista es un futuro mejor. ¿Por qué no se incluye como gran elemento positivo de la pregunta del referéndum?

Ya que se ha hablado hasta la saciedad del «derecho a decidir», que parece que concita incluso apoyos fuera de nuestras fronteras, la pregunta debería enfocarse sobre las ventajas de que sean los catalanes quienes decidan los asuntos de Catalunya. Cuestión que parece retórica, pues cada persona, cada pueblo, cada nación debe decidir por sí misma qué quiere ser y cómo quiere serlo. Para los independentistas ser abriría con este enfoque el grifo de muchas adhesiones.

Ya casi tenemos dibujado el perfil de la pregunta. No caeré en la tentación de formularla yo mismo, pues su redacción requiere muchas aquiescencias. Pero sí ha quedado dibujada la estrategia que plantea cómo formular la preguntar.

Ahora, sólo falta llegar a un acuerdo con el Estado para que acepte que se haga el referéndum. Para muchos, incluso en Madrid, parece inevitable. Para otros, cada día parece más obvio que es imposible celebrarlo sin rupturas, sin eso que se ha dicho que es «romper los huevos». Por cierto, en todos nuestros hogares se rompen huevos para hacer tortillas y nadie dice que sean hogares en donde se practique la violencia. Es una frase metafórica, como lo es «si no vols pols, no vagis a l’era» o «si quieres peces, mójate el bujero», que es una forma de decir que para conseguir ciertas cosas hay que pasar por un rato amargo.

¿Cómo podría aceptar el Estado un referéndum en Catalunya? Pues con contrapartidas. Por ejemplo, haciendo otro referéndum en el resto de España sobre el futuro del Estado sin Catalunya. Es una propuesta original que se abre paso en estos días de negociaciones. O bien, accediendo a preguntar por alguna forma de federalismo, que es el mal menor que se vislumbra para evitar la escisión catalana.

En todos estos elementos deben estar pensando nuestros políticos, con una circunstancia importante: mientras en Madrid piensan cuando tienen tiempo, en Barcelona están pensando todas las horas del día. Y eso les da a los catalanistas cierta ventaja. Ya veremos si la saben aprovechar.

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