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La recuperación de un espacio único

La eficaz regeneración de la Savinosa exige fijar prioritariamente cuál será su destino final

Dánel Arzamendi

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Cualquier ciudadano de Tarragona podría enumerar de memoria el catálogo de lugares y equipamientos abandonados o infrautilizados de la ciudad, con la apática rutina con que recitábamos de pequeños la lista de preposiciones: Banco de España, Universidad Laboral, Tabacalera, fachada marítima, casa Castellarnau, casa Canals, Teatro Romano, Marina Port Tarraco, Ca l’Ardiaca… Uno de los casos más sangrantes de esta indecente relación lo constituye el complejo de la Savinosa, un entorno de titularidad pública que agoniza desde hace décadas y por el que cualquier ciudad de nuestro entorno se daría con un canto en los dientes. Cuando todos habíamos sucumbido a ese fatalismo que nos caracteriza al tratarse de cuestiones locales, resulta que descubrimos por sorpresa que aquel concurso público para resucitar este emplazamiento incomparable no era un ente de ficción. Esta misma semana hemos conocido la propuesta básica y las características esencial del flamante proyecto ganador.

El equipo de arquitectos formado por las firmas Fuses-Viader (Girona), Jorge Perea (Barcelona) y Jordi Mansilla (Cambrils) defienden el mantenimiento íntegro del conjunto de edificios del antiguo preventorio, apostando por su rehabilitación integral atendiendo a su singular valor (recordemos que el complejo está catalogado como Bé Cultural d’Interès Local, y por lo tanto disfruta de protección especial por parte de la Generalitat). Efectivamente, nos encontramos ante una construcción de finales de los años veinte que según los expertos goza de un interés arquitectónico destacable, por mucho que a los profanos a veces nos cueste entreverlo (sobre todo, a la vista de su penoso estado actual).

Aunque se trata de una cuestión controvertida, supongo que debemos celebrar que por una vez los criterios de protección histórica hayan prevalecido por encima de nuestra proverbial tendencia a la demolición economicista (recordemos, por ejemplo, el abundante patrimonio romano destrozado durante el siglo XX o el derribo de la casa Güell en el Balcó del Mediterrani hace escasas décadas). De hecho, los cinco proyectos finalistas del concurso público han apostado por el mantenimiento de todos o la mayor parte de los edificios. Por algo será. Es cierto que en estos casos siempre parece más sencillo tirar de martillo neumático y acabar con cualquier vestigio arquitectónico (sobre todo, si se tiene interés económico en ello) pero un mínimo sentido de la perspectiva invita a pensar que cuando mantenemos lo que debía derruirse cabe rectificar en el futuro, mientras que cuando derruimos lo que merecía conservarse el error resulta ya insubsanable.

Uno de los puntos llamativos del proyecto ganador es que no sólo postula la conservación de la integridad de las construcciones actuales, sino que además propone aumentar la edificabilidad un 30% a la ya existente. Es decir, que el nuevo complejo incrementará sensiblemente la superficie construida total, pasando de los 10.000 metros cuadrados actuales a 13.000 aproximadamente. El plan prevé además que esa enorme zona edificada se dedique a usos “polifuncionales y diversos”, un concepto extremadamente abierto que la mayor parte de la ciudadanía probablemente interprete como un reconocimiento implícito de que seguimos sin tener ni puñetera idea sobre qué hacer en el antiguo preventorio. Sabemos lo que no va a ser (el lugar no se convertirá en un gran resort privado, ni en una universidad de verano, ni en un gran palacio de congresos…) pero las administraciones siguen sin decidirse sobre el destino concreto de este espacio (o no nos lo quieren decir).

Aunque las noticias que hemos recibido esta semana sobre el futuro de la Savinosa deben ser consideradas indudablemente positivas, la cuestión de la finalidad es un punto clave sobre el que han incidido acertadamente las recientes críticas de numerosos representantes económicos del ámbito local. Cuando se aborda el porvenir de un gran equipamiento como el que nos ocupa, necesitado de una rehabilitación integral tras más de cuarenta años de incomprensible abandono, la fijación de su uso definitivo constituye una cuestión no sólo fundamental, sino también urgente. En la ciudad de Tarragona sabemos de sobra -lamentablemente- lo que sucede cuando se asume un inmueble sin saber qué hacer con él (Banco de España), cuando no está claro cómo se va a financiar su mantenimiento (Tabacalera), cuando no se especifica el reparto de usos (Chartreuse) o cuando se hacen cambios de proyecto a mitad de obra (Mercat Central). La eficaz regeneración de la Savinosa exige fijar prioritariamente cuál será su destino final, de la forma lo más exhaustiva posible, para que el proyecto de rehabilitación responda desde un principio a esos usos específicos. Lo contrario sería empezar la casa por el tejado.

En cualquier caso, la confirmación de que el plan para recuperar el complejo sigue adelante debe ser motivo de celebración para los habitantes de nuestra capital. Durante cuarenta y cuatro años la ciudad ha visto cómo uno de sus enclaves más icónicos y privilegiados se pudría impúdicamente ante la mirada atónita de sus habitantes. Por fin parece que este enorme espacio, dotado de unas vistas incomparables sobre el Mediterráneo, resurgirá de sus cenizas. Pero no nos engañemos: el proceso será complicado, sobre todo teniendo en cuenta que son tres las administraciones implicadas en la cuestión: Diputació, Ajuntament y Generalitat. Aunque la capacidad de entendimiento que últimamente demuestran nuestros políticos no debería invitar al optimismo, apuesto a que la necesidad de finiquitar esta vergüenza inmemorial obligará a las administraciones a arrimar el hombro en busca de un objetivo común: dignificar y devolver a la ciudadanía uno de los rincones más bellos de nuestra costa. El presidente de la Diputació, Josep Poblet, ha declarado esta semana que “estamos en un proceso que ya no se parará”. Esperemos que sea así.

danelarzamendi@gmail.com

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