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La reforma de la Administración

La posibilidad de enfrentarse a un colectivo funcionarial que conduce el Estado ha hecho inviable cualquier cambio profundo
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Todos los programas electorales de los principales partidos han incluido desde el comienzo de la etapa democrática la reforma de la Administración como uno de los proyectos clave de la siguiente legislatura. Y ocioso es decir que esta reforma nunca ha tenido lugar: la posibilidad de enfrentarse a un colectivo funcionarial que tiene en su mano la conducción del Estado ha hecho inviable cualquier cambio profundo. Como mucho, se han producido reformas parciales, que han paliado los principales anacronismos y han adaptado el servicio público a las innovaciones y los retos que sucesivamente han ido apareciendo. Pero estas mudanzas sectoriales, que han engrosado algunos apéndices administrativos y laminado otros, que han ido produciendo duplicidades que han sido a veces corregidas y otras no, han ido engendrando un verdadero monstruo, un extraordinario adefesio. Y eso es hoy la administración, las administraciones: una gran maquinaria con graves síntomas de irracionalidad y tremendas disfunciones que merman su eficiencia. Una prueba de ello acaba de obtenerse de la ley de Transparencia: el desorden salarial, con cientos de funcionarios que cobran más que el presidente del Gobierno, es la prueba palmaria del caos administrativo que hoy rige nuestros destinos. Pero que nadie se precipite: la reforma de la administración seguirá siendo durante mucho tiempo un futurible imposible de consumar. Al tiempo.

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