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Lo abstracto y lo otro

Felipe Benítez Reyes

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Las patrias, al igual que los Reyes Magos, son, en definitiva, los padres. Y no precisamente los padres de la patria. Imaginemos que tres personas se ponen de acuerdo para echarse juntas al monte en busca de un oso. Una de ellas es un cazador. La otra, el representante de una asociación defensora de los animales. La tercera, un pastor al que los osos han diezmado su rebaño. ¿Qué hace cada cual cuando se encuentra finalmente frente al oso? Imagino que lo mismo que tenían calculado los socios del Junts pel Sí con respecto a Catalunya: debatir sobre el destino del oso desde posturas ligeramente incompatibles, aunque coincidentes en lo esencial: lo importante del oso es que sea un oso, no lo que cada cual tenga pensado con respecto al oso, al margen por supuesto de lo que el oso tenga pensado para sí. Osos aparte, resulta curioso que unos partidos políticos de signo divergente sean incapaces de ponerse de acuerdo en los asuntos prácticos que afectan a todo el mundo, pero que en cambio estén dispuestos a llegar a pactos inquebrantables con respecto a las entelequias que afectan a unos pocos.

En contra de lo que pudiera parecer, ese tipo de convenios abstractos sobre cuestiones abstractas no deja de tener su mérito: la aplicación de un parámetro metafísico –la identidad patriótica, en este caso– que suplanta unas realidades –el paro, la corrupción, los recortes– que tal vez lo que menos necesitan sea la metafísica, a pesar de que todos reconozcamos que la metafísica es una cosa estupenda.

Se mire como se mire, resulta menos real que surreal el hecho de ver a Oriol Junqueras sacar pecho por Artur Mas, por mucho que Artur Mas sepa de sobra sacar pecho por Artur Mas. Se mire como se mire, tiene menos que ver con el surrealismo que con el realismo el hecho de que Artur Mas –precisamente él– se postule como el redentor de una nación oprimida por unos políticos que, al fin y al cabo, son sus cofrades ideológicos.

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