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Los hunos y los otros

No soy el único que piensa que no debería ser moralmente aceptable que con más de 27.600 fallecidos oficialmente reconocidos, los que hemos quedado estemos pensando cada uno en lo suyo

Sergio Nasarre

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Sergio Nasarre

Sergio Nasarre

El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Qué triste. Creo que no soy el único que piensa que no debería ser moralmente aceptable (porque diría muy poco de qué sociedad conformamos) que con más de 27.600 fallecidos oficialmente reconocidos y cientos de miles de personas aún enfermas y otras tantas en rehabilitación y con secuelas, los que hemos quedado (de momento) vivos estemos pensando cada uno en lo suyo: que a ver si vuelve el turismo (aunque hasta hace dos meses algunos lo querían echar), que si a ver si puedo extender la terraza del bar (ocupando para un uso y provecho privado más espacio púbico), que si a ver si volvemos a encapucharnos para conseguir nuestros fines políticos; o a dónde voy a ir de vacaciones (que me las merezco), si nos dejan y no nos vuelven a encerrar (porque creo que no me han pillado cuando hemos hecho cinco deporte juntos, clonc, clonc, con la pelotita de baloncesto o con la bici y fuera de horas). 

Comprendo que es especialmente difícil tener presentes a los enfermos y a los fallecidos, ser conscientes de cómo hemos llegado a esto (a ser el país con más muertos por millón de habitantes por Covid-19 del mundo), cuando desde muchas televisiones se han ido lanzando sobre todo (y para beneficio solo de algunos) mensajes optimistas a lo Mr. Wonderful y a lo carpe diem, mostrando imágenes de gente aparentemente alegre y cantando, fiestas hasta de disfraces en la comunidad de propietarios.

Hemos tenido que despedir a nuestros amigos y familiares en la intimidad; pocos medios han mostrado los miles y miles de féretros que se han ido acumulando, los dramas en las residencias de ancianos y de la gente sin hogar (ambas situaciones sumamente ignoradas por la mayoría antes de la pandemia; a ver después). Una infantilización de todo el drama, poco que ver, por cierto, con cómo se han mostrado otros sucesos recientes que todos tenemos aún en la memoria, incluso cuando supusieron solo el sacrificio de un can.

Pero no nos debe extrañar. Los gurús que nos llevan acompañando estos dos meses, claro, tampoco vieron venir el cisne negro, como pasó en 2007, ni siquiera cuando hacía meses que había empezado en China. Desde los artistas que nos recuerdan que son imprescindibles (y que por ello merecen más dinero público, porque el público no paga suficiente para ir a verlos) porque si no mira lo aburridos que hubiésemos estado; a los economistas y similares (que cambian de chaqueta, que se tocan las gafas, que saben de todo) que prevén todos los escenarios posibles (así no fallan, y cobran siempre).

Los coach que, claro, si no has aprovechado estos días para aprender inglés o a mantenerte en forma, mal; todo mal. Y los abogados, que esperan los divorcios masivos, tanto a nivel familiar como empresarial. Entre tantos. Pero claro, el que tiene un martillo piensa que todo son clavos; sus clavos. Porque a ver si pasará que lo que a lo que yo me dedico y lo que vendo no es súper importante y es prescindible en el «mundo post-Covid-19». Y uno piensa y dice: pero bueno, vaya, siempre queda alguien que está por encima de todo esto. Alguien a quien los árboles (lobbies, intereses de parte) no le impidan ver el bosque y tenga la capacidad de coger el timón, de velar por todos.

Lo siento, no creo que sea así: tenemos lo que nos merecemos, porque nuestros gobernantes son el reflejo de nuestra sociedad. Como investigador público, pocas veces en veinticinco años me he encontrado como interlocutor en una Administración Pública a un responsable político que sepa algo del tema del que es responsable o no piense que sabe ya mucho para tener que escuchar a nadie, que es peor. Y eso es muy perjudicial para la colectividad porque no puede comprender si lo que se le está proponiendo es o no interesante o conveniente, más allá de hacer caso para acallar a uno u otro lobby (que solo mira para lo suyo, porque para eso es un lobby) o parroquia a la que le debe un puñado de votos.

Lo siento, no me podrán convencer de que una consejera de justicia pueda ser una médico ni de que un filósofo pueda ser ministro de sanidad. Tampoco de que sea correcto gobernar con ideología o con buenismo en lugar de con pragmatismo y gestionando los estructuralmente escasos recursos públicos. El que no ha sido antes marinero, no puede ser buen capitán. No conoce el paño y, además, estará tentado a mostrar como suyos los aciertos y a culpar a los expertos de los errores. 

Creo que como sociedad tenemos, de nuevo, otra oportunidad para recuperar valores que habían quedado narcotizados por las modas, por lo trendy y fashion, lo líquido. Promover la cultura del esfuerzo (y no la indolencia, el servilismo y la subsidiación permanente); valorar y cuidar lo que tenemos (y no despreciarlo, ansiando y alentando quimeras, invirtiendo en historietas y chiringuitos dinero público, meros escaparates, propaganda); recordar de dónde venimos y nuestra historia común (lo que nos une, como especie, como país; no lo que nos separa, que es siempre más fácil ver la paja en ojo ajeno que la viga en el propio, y alentarlo por un puñado de dólares o de votos); no ser egoístas (ego, ello, poder sobre los demás); hacer lo mejor posible lo que esté a nuestro alcance, siendo responsables con lo que es de todos; respetarnos, especialmente a nuestros mayores (más que a Google y a Instagram, si es posible); recordar nuestras obligaciones, además de nuestros derechos (a ver si así entre todos, por ejemplo, acabamos con el estimado 25% de economía sumergida y ayudamos así a lo público, además de estirar todos de él). Y no olvidar que somos fugaces y que no vale la pena promover que haya ni hunos ni otros.

Sergio Nasarre es catedrático de Derecho civil es doctor europeo en Derecho y Máster en Economía Inmobiliaria por la Universidad de Cambridge. Premio ICREA a la excelencia de la Investigación 2016-2020, es consultor en varios organismos internacionales como la Comisión Europea, la FAO o Amnistía Internacional.

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